En un momento en que la rivalidad entre las dos mayores potencias del mundo amenaza con volverse ingobernable, Xi Jinping viajará a Estados Unidos para sentarse frente a Donald Trump. La cumbre, centrada en inteligencia artificial y aranceles, no busca resolver las diferencias estructurales entre ambas naciones, sino tender puentes lo suficientemente sólidos como para que la competencia no devenga en confrontación. Es el reconocimiento tácito, por parte de Pekín y Washington, de que el diálogo —por incómodo que sea— sigue siendo preferible al silencio.