En la mesa de Mirtha Legrand, Natalia Oreiro ofreció algo más que anécdotas de madre orgullosa: trazó el retrato de un adolescente que, criado entre el arte y la música, eligió construir su propia identidad a través de caminos múltiples y sorprendentes. Atahualpa, hijo de dos figuras icónicas de la cultura argentina, toca trompeta pero también repara motores, trabaja la madera, dobla papel y navega, recordándonos que los hijos de los artistas no siempre heredan un solo lenguaje, sino la libertad de buscar el propio.