Durante ocho décadas, Europa construyó su prosperidad sobre una promesa de seguridad ajena. Hoy, Washington exige que el continente asuma su propia defensa, revelando una brecha estratégica que los números hacen difícil ignorar: Europa invierte trece veces menos en defensa que Estados Unidos. La pregunta que emerge no es solo cuánto gastar, sino si Europa es capaz de transformar recursos en voluntad colectiva.