A menos de dos meses de las elecciones presidenciales, Donald Trump reunió al Partido Republicano en Texas no para deliberar ni construir consenso, sino para encender a quienes ya creen en él. La convención, celebrada en un estado de peso electoral simbólico y real, funcionó como un mitin cuidadosamente orquestado donde la lealtad fue el único criterio de acceso al podio. En este gesto se revela una pregunta antigua sobre la naturaleza de los partidos: ¿son espacios de diálogo interno o instrumentos de movilización al servicio de un líder?
El 'Trump-a-palooza': más mitin presidencial que convención republicana
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