En el punto donde Argentina, Brasil y Paraguay se tocan, dos ríos se encuentran sin fundirse del todo: el Iguazú, teñido de rojo por los sedimentos de la selva misionera, y el Paraná, de un verde cristalino que no cede. El sábado pasado, una creciente excepcional llevó al Iguazú a más de cinco veces su caudal habitual, intensificando ese contraste hasta convertirlo en un espectáculo que la naturaleza ofrece sin proponérselo. Es un recordatorio de que los grandes sistemas del mundo a veces coexisten sin mezclarse, manteniendo su identidad incluso en el momento del encuentro.