En el umbral de una nueva economía cultural, la humanidad se enfrenta no tanto a la pregunta de si la inteligencia artificial igualará al ingenio humano, sino a cuándo aceptará su propia comodidad como sustituto de la profundidad. Lo que emerge no es una derrota, sino una reconfiguración: la creación humana, imperfecta y auténtica, se encamina a convertirse en un bien escaso y, por tanto, en un lujo cotizable. Como ocurrió con los alimentos de origen certificado frente a la producción industrial, la cultura hecha por personas podría necesitar sus propias denominaciones de origen para sobrevivi