Con la muerte del rey Harald V, Noruega cerró una era de su historia monárquica en una ceremonia que equilibró el peso del pasado con la promesa de continuidad. Entre los rituales del protocolo y la presencia de dignatarios de toda Europa, la figura de Marius Borg Høiby emergió como un recordatorio de que las instituciones, por solemnes que sean, siempre albergan tensiones humanas que el ceremonial no logra contener del todo. El nuevo rey Haakon asumió su lugar ante el pueblo noruego, mientras el primer ministro laborista reafirmaba, paradójicamente, el valor de la corona en una sociedad moder
Marius Borg Høiby, figura central en la sombra del funeral del rey Harald
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