En los pasillos de la Asamblea General de la ONU, líderes de tres continentes se reunieron para plantear una pregunta que la humanidad ya debería haberse hecho antes: ¿puede una sociedad permitirse, por segunda vez, dejar que una tecnología transformadora crezca sin guía ética ni supervisión democrática? Macron, Sánchez y Albanese, junto a una veintena de Estados, respondieron con una voz común: no. Su llamado a regular la inteligencia artificial antes de que dañe a los menores como lo hicieron las redes sociales revela que la gobernanza tecnológica ya no es un debate técnico, sino una disputa