Durante los años ochenta, la industria del videojuego construyó sobre México un imaginario que no era retrato sino proyección: el país aparecía como escenario saqueado, como decorado exótico, como campo de batalla ajeno. El historiador Mario Fuente Cid ha rastreado ese patrón en 43 títulos de la época, descubriendo que la mirada colonial no fue un accidente sino una estructura narrativa repetida, heredada de la literatura pulp y perpetuada hasta hoy en franquicias globales. Lo que está en juego no es solo la fidelidad histórica, sino la pregunta más profunda de quién tiene el derecho de contar