Cuando el cielo se oscurezca el 12 de agosto sobre la península ibérica, los animales no contemplarán el eclipse como espectáculo sino como una ruptura en los ritmos que ordenan su existencia. Científicos de varias instituciones aprovecharán ese instante de penumbra para estudiar cómo insectos, aves y murciélagos responden a una noche que llega sin avisar. En ese breve desajuste del cosmos, la naturaleza revelará algo que los humanos tendemos a olvidar: que compartimos el planeta con criaturas que leen el mundo a través de señales que nosotros apenas percibimos.