En un momento en que algunas de las fortunas más grandes del mundo se construyen sobre la promesa de que la tecnología puede resolverlo todo, surge una pregunta antigua con urgencia renovada: ¿qué ocurre cuando aplicamos la lógica de la ingeniería a aquello que, por naturaleza, se resiste a ser resuelto? Figuras como Elon Musk encarnan una fe casi dogmática en que la cultura, el juego y la experiencia humana son, en el fondo, problemas técnicos mal planteados. Esta visión, aunque seductora en su claridad, corre el riesgo de disolver precisamente aquello que pretende mejorar: el significado irr