En el extremo oriental de Cuba, una ciudad de setenta mil almas que alguna vez floreció gracias al turismo y la pesca atraviesa un colapso silencioso que los apagones de tres días, la escasez de agua y la caída libre del turismo han vuelto casi permanente. Cada julio, el Festival Internacional de Cine Pobre devuelve brevemente la luz —literal y metafórica— a las calles de Gibara, recordando a sus habitantes lo que fue y lo que podría ser. Pero cuando los cineastas parten, la ciudad regresa a sus penurias, y quienes permanecen saben que el festival es un paréntesis, no una solución.
Gibara respira gracias al Festival de Cine Pobre en medio de la crisis económica
Habitantes experimentan estrés severo, depresión y ansiedad por apagones prolongados; muchos artesanos han emigrado; protestas sociales se han desvanecido por agotamiento.