En las primeras horas de un sábado de agosto, un dron cruzó silenciosamente desde Rumania hacia Bulgaria y detonó a cien metros de su frontera, junto al gasoducto Trans-Balkan. Nadie resultó herido, pero el incidente reveló cuánto se han difuminado los límites entre el campo de batalla ucraniano y el espacio soberano de la alianza atlántica. Mientras Kiev niega toda intención y Sofía convoca reuniones de emergencia, Europa del Este contempla una nueva geografía del riesgo en la que los drones viajan más rápido que los tratados.