En el sur de México, donde la frontera se ha convertido en un umbral sin salida, cerca de 800 migrantes de Cuba, Haití, Venezuela y otros países emprendieron esta semana la Caravana Sueño Sin Fronteras desde Tapachula hacia Ciudad de México. Huyen no de un solo país, sino de una trampa institucional: más de 80.000 solicitudes de asilo sin resolver, salarios de once dólares por jornadas de diez horas, y una ciudad que retiene sin ofrecer futuro. La caravana es, en su esencia, la respuesta humana a un sistema que prometió proceso y entregó parálisis.
Deportados y solicitantes de asilo avanzan en caravana hacia Ciudad de México
Tapachula es una prisión de humanos donde no te dejan ir
¿Por qué Tapachula se convirtió en este punto de quiebre para tantas personas?
Porque es la puerta de entrada a México desde Centroamérica, pero también es donde el sistema se detiene. Los migrantes llegan esperando cruzar o regularizarse, pero quedan atrapados en un limbo: sin dinero, sin papeles, sin respuestas de las autoridades.
González habla de "pasmao". ¿Qué significa exactamente esa parálisis?
Significa que no puedes avanzar ni retroceder. Trabajas por migajas, pagas renta que consume todo lo que ganas, y esperas meses por una resolución que nunca llega. Es la sensación de estar congelado en el tiempo.
¿Por qué la Comar no puede resolver los casos más rápido?
Porque la demanda crece cada día y la capacidad institucional no acompaña. Hay 80.000 solicitudes pendientes solo en Tapachula. Es un sistema colapsado.
¿Qué buscan realmente estos migrantes al partir en caravana?
Algunos quieren llegar a ciudades mexicanas con más trabajo. Otros esperan cruzar nuevamente a Estados Unidos cuando cambie el gobierno. Pero todos buscan lo mismo: dejar de estar pasmados.
¿Hay algo que los une más allá de la migración?
Sí: la dignidad. Quieren ser hombres de trabajo, tener comida, dormir bajo techo. Lo que Tapachula no les permite.
Il Polso
- Tapachula acumula más de 80.000 solicitudes de asilo pendientes, con esperas que se extienden hasta cincuenta meses sin resolución a la vista.
- Migrantes deportados por Estados Unidos duermen en las calles sin documentos, sin comida y sin posibilidad legal de moverse hacia otras ciudades mexicanas.
- Los salarios de 200 pesos por diez horas de trabajo y las rentas que consumen casi todo lo ganado hacen imposible la estabilidad económica en la ciudad fronteriza.
- La Caravana Sueño Sin Fronteras, con unos 800 participantes, avanza hacia el norte buscando evadir retenes policiales y alcanzar ciudades con mayor oferta laboral como Monterrey.
- Las autoridades migratorias mexicanas enfrentan un desafío creciente: la capacidad institucional no crece al ritmo de la llegada diaria de nuevos migrantes, profundizando el colapso.
En el sur de México, donde la frontera se ha convertido en un umbral sin salida, cerca de 800 migrantes de Cuba, Haití, Venezuela y otros países emprendieron esta semana la Caravana Sueño Sin Fronteras desde Tapachula hacia Ciudad de México. Huyen no de un solo país, sino de una trampa institucional: más de 80.000 solicitudes de asilo sin resolver, salarios de once dólares por jornadas de diez horas, y una ciudad que retiene sin ofrecer futuro. La caravana es, en su esencia, la respuesta humana a un sistema que prometió proceso y entregó parálisis.
Hace dieciocho meses que José Luis González llegó a Tapachula creyendo que era un paso, y descubrió que era un muro. El habanero de 28 años pasó casi cinco meses cortando café y plátano por 200 pesos diarios, viviendo en cuartos compartidos sin ducha por 1.600 pesos al mes. "El cubano sin papeles está pasmao en Tapachula", dice, y esa palabra —pasmao, congelado— define la experiencia de miles.
Esta semana González se unió a la Caravana Sueño Sin Fronteras, que partió el jueves con alrededor de 800 migrantes de Cuba, Haití, Honduras, Venezuela, Guatemala, El Salvador y Colombia. Algunos fueron deportados por la administración Trump; otros llevan años esperando que la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados resuelva sus solicitudes de asilo. González apunta a Monterrey. La caravana también le permite esquivar los retenes que bloquean la salida del estado.
Entre los caminantes hay hombres mayores deportados que sueñan con reunirse con su familia en Estados Unidos. Un cubano de 62 años, que duerme en las calles desde hace siete meses, se describe como "secuestrado". Otros hablan de querer trabajar, de esperar que cambie la administración en Washington para volver a California, donde tenían empleo en agricultura y transporte. Osmel García Pérez, quien sobrevivía vendiendo agua en la calle, ahora avanza con el grupo hacia Huehuetán, primera parada de descanso.
La hondureña Denisse Zacarías tampoco recibió respuesta de asilo. Quiere quedarse en México, pero no en Tapachula: busca Monterrey para enviar remesas a su familia. Denisse Lugardo, directora de Relaciones Internacionales de la ciudad, confirmó que hay más de 80.000 solicitudes pendientes solo en Tapachula. El director del Centro de Dignificación Humana desglosa la cifra: entre 30.000 y 32.000 haitianos, entre 20.000 y 25.000 cubanos, y miles de venezolanos. Cada día llegan más; la capacidad institucional no crece al mismo ritmo.
La caravana es el síntoma visible de una ciudad fronteriza convertida en depósito involuntario. Los trabajos son escasos y mal pagados, las rentas devoran lo poco que se gana, y los procesos de asilo se estancan durante años. Para los 800 migrantes que avanzan hacia el norte, partir no es una opción entre varias: es la única que queda.
Hace dieciocho meses que José Luis González llegó a Tapachula, y en ese tiempo ha visto cómo la ciudad se convierte en una trampa para quienes no tienen papeles. El habanero de 28 años trabajó casi cinco meses en plantaciones de café y plátano, ganando apenas 200 pesos —poco más de once dólares— por diez horas de labor diaria. Cuando le pregunta a otros migrantes qué hacen para sobrevivir, escucha historias parecidas: rentas compartidas en cuartos sin ducha por 1.600 pesos mensuales, o con ducha por 1.800. "El cubano sin papeles está pasmao en Tapachula", dice González a 14ymedio, y la palabra pasmao —atrapado, congelado— resume lo que siente.
Esta semana, González se unió a la Caravana Sueño Sin Fronteras, que salió el jueves con alrededor de 800 migrantes procedentes de Cuba, Haití, Honduras, Venezuela, Guatemala, El Salvador y Colombia. Algunos fueron deportados por Estados Unidos bajo la administración Trump. Otros son solicitantes de asilo que llevan meses o años esperando que las autoridades mexicanas resuelvan sus casos. Todos comparten una razón para partir: Tapachula no ofrece futuro. González espera llegar a Monterrey, donde cree que encontrará trabajo mejor pagado. La caravana también le permitirá evadir los retenes policiales que controlan la salida del estado.
Entre los caminantes hay muchos hombres mayores, deportados por el gobierno estadounidense, que avanzan con la esperanza de cruzar nuevamente hacia Estados Unidos donde tienen familia. Un cubano de 62 años, deportado hace siete meses, describió su situación a la agencia EFE con una palabra que repite en la caravana: "secuestrado". Duerme en las calles de Tapachula. No tiene comida. No tiene papeles para permanecer legalmente en la ciudad. Otros cubanos en el grupo hablan de libertad, de querer ser hombres de trabajo, de esperar a que termine la administración Trump para regresar a California, donde trabajaban en agricultura y en camiones de carga. "Tapachula es una prisión de humanos donde no te dejan ir para ningún lado", dice uno de ellos mientras avanza con el contingente.
Osmel García Pérez, otro cubano deportado, sobrevivía en Tapachula vendiendo agua en las calles. Ahora forma parte de la caravana que se dirige hacia Huehuetán, la primera parada programada para descansar. García Pérez y otros migrantes expresan frustración profunda con la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (Comar) y el Instituto Nacional de Migración (INM). Dicen que las instituciones no resuelven los casos de asilo, que solo citan a los solicitantes una y otra vez para firmar papeles. Algunos llevan treinta meses esperando. Otros, cincuenta. Nadie sabe cuándo tendrán respuesta.
Denisse Zacarías, una hondureña que también viaja en la caravana, no recibió resolución de su solicitud de asilo ante la Comar. Busca llegar a Monterrey para encontrar mejores oportunidades y poder enviar dinero a su familia. Su intención es quedarse en México, pero no en Tapachula. Denisse Lugardo, directora de Relaciones Internacionales y Desarrollo Transfronterizo en la ciudad fronteriza, confirmó a 14ymedio que hay más de 80.000 solicitudes de asilo pendientes solo en Tapachula. La demora, explica, ocurre porque cada día llegan más migrantes y la capacidad institucional no crece al mismo ritmo. Luis Rey García Villagrán, director del Centro de Dignificación Humana, confirma la cifra y desglosa la composición: aproximadamente 30.000 a 32.000 haitianos, entre 20.000 y 25.000 cubanos, y miles de venezolanos.
La caravana que avanza hacia Ciudad de México representa el síntoma visible de un problema más profundo: una ciudad fronteriza que se ha convertido en depósito involuntario de migrantes sin opciones. Los trabajos son escasos y mal remunerados. Las rentas consumen lo poco que se gana. Los procesos de asilo se estancan durante meses. Y las autoridades migratorias, abrumadas por la cantidad de casos, no pueden responder con la velocidad que la crisis demanda. Para los 800 migrantes en la caravana, partir es la única decisión que queda.
Citazioni salienti
El cubano sin papeles está pasmao en Tapachula y los viejos deportados por EE UU peor, ahí andan deambulantes— José Luis González, migrante cubano
Yo vengo de Estados Unidos, a mí me deportó Trump, tengo 62 años y estoy 'secuestrado' en Tapachula— Cubano deportado, anónimo