Durante décadas, la ciencia climática ha privilegiado lo probable sobre lo posible, construyendo sus advertencias alrededor de los escenarios más verosímiles y dejando en silencio aquellos futuros extremos que, aunque menos frecuentes en los modelos, no pueden descartarse. Un número creciente de investigadores sostiene que este silencio tiene un costo: erosiona la percepción del riesgo o, en el extremo opuesto, alimenta un derrotismo que también paraliza. La propuesta que emerge desde la comunidad científica es tan sencilla como urgente: mirar al mismo tiempo lo mejor y lo peor que podría ocur