En los primeros días de agosto de 2026, el cardenal Pietro Parolin llegó a Guatemala como enviado del Vaticano para conmemorar noventa años de relaciones diplomáticas entre la Santa Sede y ese país centroamericano. Su presencia en la catedral metropolitana, junto a autoridades civiles y religiosas, no fue solo un gesto protocolar: fue una afirmación de que la Iglesia se concibe a sí misma como servidora de los más vulnerables, llamada a romper ciclos de indiferencia e injusticia. En un país marcado por la desigualdad y la corrupción, el mensaje de Parolin invitó a confiar en que incluso los re