En Madrid, Francesca Thyssen asume el liderazgo del museo que lleva su apellido no como una conquista, sino como un acto de entrega: más de trescientas obras cedidas, una predecesora reconocida con gratitud, y un nombre propio que ella misma ha decidido no imponer a la futura sede. Este relevo encarna una pregunta que toda institución cultural debe hacerse tarde o temprano: ¿a quién pertenece realmente un museo, a su familia fundadora o a las ideas que es capaz de albergar?