Cada verano, el cuerpo humano libra una batalla silenciosa contra el calor extremo, perdiendo agua y minerales que, si no se reponen, pueden derivar en consecuencias serias. La nutricionista María Belén Ruiz-Roso recuerda que la mesa de agosto —sandía, pepino, gazpacho, yogur— no es solo placer estacional, sino una forma de inteligencia corporal acumulada durante siglos. Elegir bien lo que se come en una ola de calor es, en el fondo, un acto de cuidado propio tan antiguo como el verano mismo.
Alimentos clave para regular la temperatura corporal durante la ola de calor
El cuerpo digiere peor cuando hace calor; las comidas pesadas generan más calor interno
¿Por qué la gente no piensa en la comida como parte de la solución al calor?
Porque hemos reducido la hidratación a un acto mecánico: beber agua. Pero el cuerpo pierde minerales, no solo líquido. Una sandía repone ambos. Es más inteligente que un vaso de agua sola.
¿Qué sucede realmente en el cuerpo cuando hace mucho calor?
El cuerpo redirige la sangre hacia la piel para disipar calor. Eso significa que la digestión se ralentiza. Una comida pesada se convierte en una carga que el cuerpo no puede procesar bien.
Entonces, ¿la comida ligera es solo una preferencia o una necesidad fisiológica?
Es una necesidad. En calor extremo, el cuerpo digiere peor. Las comidas copiosas y grasientas generan más calor interno. Es como pedirle a alguien que corra mientras lleva un abrigo puesto.
¿Por qué el gazpacho es mejor que un refresco azucarado?
El gazpacho hidrata, aporta minerales y antioxidantes. El refresco da calorías vacías y una falsa sensación de hidratación. Uno alimenta, el otro engaña.
¿Hay algo sorprendente en lo que debemos evitar?
El alcohol. La gente piensa que una cerveza fría es refrescante. En realidad, favorece la eliminación de líquidos. Deshidrata más de lo que hidrata.
¿Qué hace que frutas como la sandía sean tan efectivas?
Son 92 por ciento agua, pero también contienen citrulina, que mejora la circulación. La naturaleza no regala agua sola; regala agua con propósito.
El Pulso
- Las olas de calor no son solo incomodidad: la pérdida de sodio, potasio y magnesio a través del sudor puede desencadenar fatiga, calambres y, en casos extremos, un golpe de calor.
- El cuerpo redirige sangre hacia la piel para enfriarse, dejando la digestión más lenta y vulnerable a las comidas pesadas que generan calor interno adicional.
- Frutas de temporada como la sandía —92% agua— y verduras como el pepino —97% agua— ofrecen hidratación real junto con minerales y antioxidantes que las bebidas azucaradas no pueden igualar.
- El alcohol y los refrescos azucarados agravan la deshidratación con una falsa promesa de frescor, mientras que las comidas grasientas obligan al organismo a trabajar cuando más necesita descansar.
- La estrategia recomendada apunta a platos fríos, ligeros y ricos en vegetales enteros —gazpacho, lácteos fermentados, ensaladas— que el cuerpo puede procesar sin esfuerzo bajo el calor extremo.
Cada verano, el cuerpo humano libra una batalla silenciosa contra el calor extremo, perdiendo agua y minerales que, si no se reponen, pueden derivar en consecuencias serias. La nutricionista María Belén Ruiz-Roso recuerda que la mesa de agosto —sandía, pepino, gazpacho, yogur— no es solo placer estacional, sino una forma de inteligencia corporal acumulada durante siglos. Elegir bien lo que se come en una ola de calor es, en el fondo, un acto de cuidado propio tan antiguo como el verano mismo.
Agosto llega con sus temperaturas implacables y un recordatorio que solemos pasar por alto: lo que comemos importa tanto como lo que bebemos cuando el calor aprieta. La mayoría asocia la hidratación únicamente con el agua, pero los alimentos son también una herramienta poderosa para mantener el equilibrio que el cuerpo necesita cuando el termómetro se dispara.
Cuando sudamos, no solo perdemos agua: se van con ella minerales esenciales como sodio, potasio y magnesio. Si esas pérdidas no se compensan, aparecen la fatiga, los calambres y los mareos, y en los casos más graves, el golpe de calor. A esto se suma que el calor ralentiza la digestión, porque el organismo redirige el flujo sanguíneo hacia la piel. Las comidas pesadas se vuelven entonces un problema real, según explica la profesora de Nutrición María Belén Ruiz-Roso.
La naturaleza ofrece sus mejores aliados justo en los meses más calurosos. La sandía es 92% agua y además contiene citrulina, un aminoácido que favorece la circulación. El pepino alcanza el 97% de agua. El tomate, el calabacín, el melón, el melocotón: todos ligeros, refrescantes y capaces de reponer líquidos y minerales. El gazpacho tradicional es hidratación en forma de sopa, con antioxidantes incluidos. Los lácteos fermentados como el yogur y el kéfir aportan electrolitos y proteínas de fácil digestión.
Del otro lado están los errores frecuentes: las bebidas azucaradas que prometen frescor pero no reponen los líquidos perdidos, el alcohol que acelera la deshidratación, y las comidas copiosas y grasientas que generan más calor interno y sobrecargan un sistema digestivo ya de por sí ralentizado. Comer bien durante una ola de calor no es un detalle menor: es una estrategia concreta para que el cuerpo soporte el verano sin quebrarse.
Agosto trae consigo lo que ya esperábamos: temperaturas que suben sin piedad en buena parte del país. No es una sorpresa, pero sí un recordatorio incómodo de que el calor extremo exige cambios en cómo vivimos, cómo nos movemos, y especialmente, cómo comemos. La mayoría de las personas piensan en la hidratación como un asunto de agua y bebidas. Pocas consideran que los alimentos mismos son una herramienta poderosa para regular la temperatura corporal y mantener el equilibrio que el cuerpo necesita cuando el termómetro se dispara.
Cuando el calor aprieta, el organismo activa sus defensas. La sudoración es el mecanismo más visible, pero tiene un costo: pérdida considerable de agua y de minerales críticos como sodio, potasio y magnesio. Si esas pérdidas no se reponen adecuadamente, el cuerpo comienza a fallar. Primero llega la fatiga, luego los calambres, los mareos, la confusión mental. En los casos más graves, un golpe de calor. Esto es lo que explica María Belén Ruiz-Roso, profesora de Nutrición Humana y Dietética en la Universidad Francisco de Vitoria. Además, cuando sube la temperatura, el cuerpo redirige el flujo sanguíneo hacia la piel para disipar el calor, lo que ralentiza la digestión. Las comidas pesadas se convierten en un problema: provocan molestias, náuseas, esa sensación de pesadez que hace que el cuerpo trabaje más cuando menos puede permitirse hacerlo.
La naturaleza, como señala Ruiz-Roso, es sabia en esto. Los meses más calurosos traen frutas que parecen diseñadas para el verano: sandía, melón, fresas, melocotón, higo. La sandía es 92 por ciento agua. Hidrata, sí, pero además contiene citrulina, un aminoácido que favorece la circulación. Las ciruelas y melocotones ayudan a regular el tránsito intestinal, algo que el calor, los cambios de rutina y los viajes tienden a alterar. Las verduras ricas en agua son aliadas igual de valiosas. El pepino es 97 por ciento agua. El tomate, el calabacín: todos ellos ligeros, refrescantes, capaces de reponer líquidos y minerales en ensaladas, en cremas frías, incluso en licuados. El gazpacho, esa receta tradicional que muchos relegaron al olvido, es más que un plato delicioso: es hidratación en forma de sopa, con minerales y antioxidantes incluidos. Los lácteos fermentados como el yogur y el kéfir aportan agua, electrolitos y proteínas que el cuerpo digiere sin esfuerzo.
Lo que hay que evitar es igual de importante. Las bebidas azucaradas prometen refrescarse pero entregan calorías vacías de nutrientes. Dan una falsa sensación de hidratación sin reponer realmente los líquidos perdidos. El alcohol es peor: favorece la eliminación de líquidos, incrementando la deshidratación en lugar de combatirla. Las comidas grasientas y copiosas son un error en días de calor extremo. Generan más calor interno, obligan al sistema digestivo a trabajar el doble cuando debería estar en reposo. Los platos fríos, ligeros, ricos en vegetales y frutas enteras no solo apetecen más en verano: realmente sientan mejor, porque el cuerpo puede procesarlos sin lucha.
La lección es simple pero requiere atención: comer bien durante una ola de calor no es un lujo, es una estrategia de supervivencia. No se trata solo de beber agua, sino de elegir alimentos que el cuerpo pueda procesar sin esfuerzo, que reponga lo que el sudor se lleva, que ayude al organismo a mantener su equilibrio cuando las temperaturas amenazan con romperlo.
Citas Notables
La naturaleza es sabia. En los meses más calurosos, tenemos opciones ideales como la sandía, el melón, las fresas, el melocotón o el higo.— María Belén Ruiz-Roso, profesora de Nutrición Humana y Dietética, Universidad Francisco de Vitoria
En los días de mucho calor, el cuerpo digiere peor. Las comidas copiosas, ricas en grasas o muy procesadas generan más calor interno y hacen que el sistema digestivo trabaje el doble.— María Belén Ruiz-Roso