El chatbot presenta una respuesta única, aparentemente autorizada, que puede contener errores sin que el usuario lo sepa
En un momento en que la inteligencia artificial se ha convertido en el nuevo oráculo de la salud cotidiana, una encuesta de KFF entre 2.480 adultos estadounidenses revela una paradoja inquietante: quienes más confían en los chatbots para resolver dudas médicas son también quienes más tienden a sostener creencias que la ciencia ha refutado repetidamente. La correlación persiste más allá de la edad, la raza o la educación, sugiriendo que la forma en que estas herramientas presentan el conocimiento —con voz única y aparente autoridad— puede ser tan determinante como el contenido mismo. No es la primera vez que la humanidad deposita su fe en un intermediario que simplifica lo complejo; la pregunta es si esta vez sabremos reconocer el riesgo antes de que se traduzca en enfermedades prevenibles.
- El 35% de los usuarios frecuentes de chatbots de IA cree que la vacuna MMR causa autismo, una cifra que casi duplica la de quienes no usan estas herramientas.
- La desinformación no viaja por un solo canal: mientras los grupos de menores ingresos la encuentran en redes sociales, los universitarios con altos ingresos la reciben a través de la IA.
- A diferencia de un buscador tradicional que ofrece múltiples fuentes, el chatbot entrega una respuesta única y aparentemente definitiva, sin señalar sus propios errores ni sesgos.
- Las empresas de IA y los reguladores aún no han respondido con mecanismos concretos para evitar que estas plataformas amplifiquen mitos médicos con consecuencias reales en las tasas de vacunación.
Hace poco más de un mes, investigadores de KFF encuestaron a 2.480 adultos estadounidenses y encontraron un patrón que no desaparece al controlar variables demográficas: quienes consultan chatbots de IA con frecuencia para temas de salud tienden a creer más en afirmaciones que contradicen el consenso médico. Entre los usuarios semanales de estas herramientas, el 35% sostiene que la vacuna MMR causa autismo, frente al 20% de quienes nunca las usan. El mito tiene décadas de historia: nació de un estudio publicado en The Lancet en los años noventa, fue retractado y refutado, pero sobrevivió, se fortaleció durante la pandemia y ganó nueva visibilidad con la designación de Robert F. Kennedy Jr. como secretario de Salud.
La encuesta documentó otras creencias similares: el 29% de usuarios frecuentes de IA cree que las vacunas de ARNm alteran el ADN humano, y el 22% considera que la vacuna del sarampión es más peligrosa que la enfermedad. Las redes sociales muestran un patrón comparable, aunque con una división sociodemográfica reveladora: los grupos de menores ingresos y sin educación universitaria buscan información médica en redes sociales, mientras que quienes tienen títulos universitarios e ingresos superiores a 90.000 dólares anuales prefieren los chatbots. La desinformación no respeta fronteras de clase, pero elige sus canales según el perfil del usuario.
El problema de fondo es estructural. Mientras un buscador tradicional devuelve múltiples fuentes que el usuario puede evaluar, un chatbot presenta una respuesta única con apariencia de autoridad, sin revelar sus posibles errores. OpenAI ha reconocido que la salud es uno de los temas más consultados en ChatGPT, con cientos de millones de preguntas semanales. Sin embargo, la encuesta de KFF no identificó qué sistemas específicos usaron los encuestados, lo que impide saber si el problema está en la tecnología, en su entrenamiento o en ambos. Lo que sí queda claro es que la pregunta sobre qué harán las empresas de IA y los reguladores para frenar esta nueva vía de desinformación médica sigue, por ahora, sin respuesta.
Hace poco más de un mes, investigadores de la firma KFF realizaron una encuesta entre 2.480 adultos estadounidenses y descubrieron algo inquietante: quienes consultan chatbots de inteligencia artificial con frecuencia para resolver dudas sobre salud tienden a creer más en afirmaciones falsas sobre vacunas. La correlación persiste incluso cuando se controlan variables como la edad, la raza, el nivel educativo y la afiliación política. No es un efecto marginal ni un artefacto estadístico. Es una pauta clara que sugiere que estas herramientas, por útiles que sean, están amplificando creencias que la ciencia ha desmentido hace décadas.
Entre los adultos que recurren a la IA al menos una vez por semana para buscar información médica, el 35% cree que la vacuna contra el sarampión, las paperas y la rubéola causa autismo en los niños. Esa cifra cae al 20% entre quienes nunca usan estas herramientas, y se sitúa en el 29% entre quienes las consultan ocasionalmente. El mito específico del que hablamos tiene raíces profundas: nació de un estudio publicado en The Lancet en los años noventa, un trabajo que fue retractado años después y refutado por incontables investigaciones posteriores. Sin embargo, el mito sobrevivió, se fortaleció durante la pandemia de Covid-19, y ganó nueva visibilidad cuando Robert F. Kennedy Jr. fue designado secretario de Salud de Estados Unidos.
La encuesta de KFF también documentó otras creencias falsas entre usuarios frecuentes de IA. El 29% cree que las vacunas de ARNm pueden alterar el ADN humano, comparado con el 20% de quienes nunca usan estas plataformas. El 22% sostiene que la vacuna del sarampión es más peligrosa que la enfermedad misma, frente al 15% de quienes no recurren a chatbots. Estos números revelan un patrón: el uso frecuente de IA para consultas de salud correlaciona con una mayor aceptación de afirmaciones que contradicen el consenso médico establecido.
Lo interesante es que las redes sociales muestran un patrón similar, aunque con matices distintos. El 37% de quienes consultan redes sociales semanalmente para temas de salud cree que existe una relación probable o definitiva entre la vacuna MMR y el autismo, el doble que entre quienes no usan redes para estos fines. Pero aquí emerge una división sociodemográfica clara: los grupos de menores ingresos y personas sin educación universitaria tienden a buscar información médica en redes sociales, mientras que aquellos con títulos universitarios e ingresos superiores a 90.000 dólares anuales prefieren los chatbots de IA. En otras palabras, la desinformación no respeta fronteras de clase, pero viaja por canales distintos según el perfil del usuario.
La realidad es que buscar información sobre salud en línea se ha convertido en una práctica casi universal. Un estudio de 2025 de la Universidad de Georgetown encontró que aproximadamente el 5% de todas las búsquedas en Google están relacionadas con salud, y el 77% de las personas usa buscadores para investigar diagnósticos médicos. Los chatbots de IA simplemente continuaron esa tendencia, pero con un giro problemático: mientras que un buscador tradicional devuelve múltiples fuentes que el usuario puede evaluar críticamente, un chatbot presenta una respuesta única, aparentemente autorizada, que puede contener errores o sesgos sin que el usuario lo sepa. OpenAI ha reconocido que la salud ya es uno de los temas más consultados en ChatGPT, con cientos de millones de personas formulando preguntas sobre bienestar cada semana.
Lo que complica aún más el panorama es que la encuesta de KFF no especificó qué sistemas de IA utilizaron los encuestados. Cada chatbot tiene distintos niveles de precisión, distintos sesgos, distintas políticas de entrenamiento. Algunos pueden ser más propensos que otros a reproducir desinformación médica. Sin esa información, es difícil saber si el problema radica en la tecnología en sí o en cómo ha sido entrenada y desplegada. Lo que sí está claro es que la proliferación de estas herramientas ha creado una nueva vía para la propagación de mitos, y que los usuarios que confían en ellas para tomar decisiones sobre salud están siendo expuestos a información que puede ser peligrosamente incorrecta. La pregunta que queda sin responder es qué harán las empresas de IA, y qué harán los reguladores, para evitar que estas plataformas sigan siendo conductos de desinformación médica.
Notable Quotes
La salud ya es uno de los temas más consultados en ChatGPT, con cientos de millones de personas haciendo preguntas sobre bienestar cada semana— OpenAI, comunicado de enero
The Hearth Conversation Another angle on the story
¿Por qué crees que alguien con educación universitaria e ingresos altos elegiría un chatbot sobre, digamos, hablar con su médico o leer un artículo revisado por pares?
Probablemente porque es rápido, está disponible a las tres de la mañana, y no requiere cita ni copago. Pero esa conveniencia tiene un precio: el chatbot no sabe quién eres, no tiene tu historial médico, y puede estar reproduciendo información que fue entrenada hace meses.
Entonces, ¿el problema es que la gente confía demasiado en estas herramientas?
Parcialmente. Pero también es que estas herramientas están diseñadas para sonar confiables. Hablan con autoridad. No dicen "no sé" tan a menudo como deberían. Y cuando alguien ya tiene dudas sobre las vacunas, un chatbot que repite esas dudas puede reforzarlas.
¿Cómo es posible que un mito sobre el autismo y las vacunas siga siendo creíble después de ser refutado tantas veces?
Porque la refutación nunca llega tan lejos como la mentira original. El estudio falso de The Lancet fue retractado, pero la idea ya estaba en la cultura. Luego vino la pandemia, la desconfianza en las instituciones creció, y de repente ese viejo mito tenía nuevo combustible.
¿Y qué pasa con la gente que usa redes sociales para buscar información médica?
Están en un ecosistema diferente pero igualmente problemático. Las redes sociales amplifican lo que es emocionante o alarmante, no lo que es verdadero. Y el 37% que cree en el mito del autismo después de consultar redes sociales semanalmente sugiere que ese algoritmo está funcionando exactamente como está diseñado: manteniéndolos enganchados.
¿Qué debería hacer alguien que quiere información médica confiable?
Empezar por su médico. Si eso no es posible, buscar fuentes que citen estudios, que muestren sus límites, que digan claramente cuándo no saben algo. Y ser escéptico de cualquier herramienta, humana o de IA, que hable con demasiada certeza sobre algo tan complejo como la salud.