Un ingeniero madrileño propone amarras electrodinámicas para retirar la basura espacial sin combustible

Una cinta de aluminio de 430 metros para bajar satélites sin combustible
Persei Space prepara en 2027 su primera demostración en órbita de amarras electrodinámicas.
Mark

¿Por qué importa esta cinta de aluminio?

Mimi

Porque desorbita un satélite sin combustible, incluso si ya está muerto. Eso ataca el problema económico: bajar un satélite gasta propulsante que el operador prefiere usar para seguir ganando dinero.

Mark

¿Y el problema es grande?

Mimi

Cada día se lanzan unas 10 cargas útiles y reentran unos tres objetos intactos, según la ESA. Las cuentas no salen.

Luke

Ojo: eso es el diagnóstico de la ESA. Lo que dice Persei sobre su sistema son cálculos propios, todavía sin probar en órbita.

Mark

¿Qué se ha demostrado ya?

Mimi

La tecnología se ensayó en los años 90 y se desarrolla desde 2019 con 5,5 millones del Consejo Europeo de Innovación. Pero Muñoz dice que será la primera vez que se use en un sistema de altas prestaciones.

Luke

Y esa frase es suya. Los tres meses de descenso y los cinco meses para un satélite de 100 kg son estimaciones de la empresa.

Mark

¿Y el calendario?

Mimi

La demostración es para 2027, financiada por ESA y Comisión Europea. Esperan un Vega-C compartido.

Luke

Esperan, no está confirmado. El cohete sigue sin decidirse.

Mark

¿Basta la tecnología?

Mimi

Muñoz admite que haría falta regulación global, aunque el marco actual es voluntario, como la Zero Debris Charter con más de 250 entidades.

  • Cada día se lanzan unas diez cargas útiles nuevas mientras tres objetos reentran sin control, y la órbita baja se llena más deprisa de lo que se limpia.
  • Persei Space despliega una cinta de aluminio de 430 metros que, sin una gota de combustible, arrastra satélites hacia la atmósfera.
  • La ausencia de una ley internacional deja a cada operador calculando si gastar propulsante o ganar un mes más de ingresos.
  • La primera prueba en órbita, prevista para 2027 a 550 kilómetros y financiada por ESA y la Comisión Europea, decidirá si la idea pasa de laboratorio a mercado.

En un laboratorio de Leganés, un grupo de ingenieros madrileños intenta responder a un problema que la humanidad arrastra desde que el Sputnik abrió la era espacial: los restos que quedan orbitando. Su propuesta, unas cintas conductoras de cientos de metros que frenan los satélites aprovechando el campo magnético terrestre, busca devolver a la órbita la sensatez que la carrera de lanzamientos ha ido perdiendo. Todavía no está probada en vuelo, pero encarna una pregunta más antigua que la técnica: quién responde por lo que dejamos atrás.

Sobre una mesa del laboratorio de Persei Space, en el Parque Tecnológico de Leganés, descansa un satélite cúbico de pruebas. Su gemelo de vuelo, de 19 kilogramos, lleva enrollada una cinta de aluminio de 430 metros, la pieza sobre la que gira todo el proyecto.

El problema tiene casi 70 años. Desde el Sputnik de 1957, la chatarra espacial se ha acumulado, y la mayor parte sigue arriba amenazando misiones y astronautas. En 2025 se batió el récord de lanzamientos orbitales, con 324, y la ESA calcula que cada día se lanzan unas diez cargas útiles mientras reentran tres objetos intactos.

Jesús Manuel Muñoz Tejeda, ingeniero madrileño de 32 años y CEO de Persei Space, propone recuperar las amarras electrodinámicas, ensayadas por la NASA en los años 90. Cables conductores que interactúan con el campo magnético y la ionosfera generan una resistencia que hace descender el satélite hasta su desintegración. Muñoz lo compara con un velero, sin combustible y sin aire.

Para él, el obstáculo no es solo técnico. Falta una legislación internacional que obligue a retirar satélites inutilizados, y los operadores siguen sopesando el coste frente al beneficio. Su sistema es autónomo y puede subcontratarse, incluso cuando el satélite ya no responde.

La empresa nació en 2023, aunque la tecnología se trabaja desde 2019, con financiación europea de 5,5 millones y un equipo que combina la Politécnica, el Imperial College, el JPL, la ESA y el CERN. Tienen once empleados y una colaboración con Thales Alenia Space.

En 2027 quieren demostrarlo en órbita, con el vuelo financiado por la iniciativa Flight Ticket. Después llegaría PEARSON, su primer producto comercial. Muñoz desea un tratado global, pero uno que permita al sector seguir creciendo.

Sobre una mesa del laboratorio de Persei Space, en el Parque Tecnológico de Leganés, descansa un pequeño satélite cúbico de pruebas. Sirve para comprobar que el hardware aguantará el lanzamiento. Su gemelo, el llamado Flight Model, es el que volará al espacio: pesa 19 kilogramos y lleva enrollada una cinta de aluminio de 430 metros de largo, 2,5 centímetros de ancho y 40 micras de espesor. De esa cinta depende todo el proyecto.

El problema que intenta resolver tiene casi 70 años. Desde el lanzamiento del Sputnik en 1957, toneladas de restos de cohetes y naves han quedado en órbita al terminar su vida útil. Parte de esa chatarra regresa a la Tierra y se desintegra, pero la mayoría sigue arriba y amenaza a las misiones en marcha y a los astronautas. Tampoco todo lo que cae se destruye: en los últimos años hubo alertas por componentes chinos de gran tamaño que descendían sin control, hasta el punto de cerrar espacio aéreo por precaución. Que se sepa, no ha habido víctimas mortales.

La tendencia va a peor. En 2025 se batió el récord, con 324 lanzamientos orbitales frente a los 259 de 2024, la mayoría de SpaceX y de China, y 4.000 nuevas cargas útiles. El informe anual de la Oficina de Desechos Espaciales de la ESA, publicado en septiembre, calcula que cada día reentran en la atmósfera unos tres satélites intactos o cuerpos de cohete, mientras se lanzan unas 10 cargas útiles diarias. La agencia pide retirar activamente los residuos para frenar el crecimiento.

El madrileño Jesús Manuel Muñoz Tejeda, de 32 años, ingeniero aeroespacial y CEO de Persei Space, propone recuperar las amarras electrodinámicas, una tecnología que la NASA y otros organismos ensayaron en los años 90. Son cables conductores muy largos que se despliegan desde la nave e interactúan con el campo magnético terrestre y con el plasma de la ionosfera, entre los 60 y los 1.000 kilómetros de altitud. Eso genera una fuerza de resistencia que hace bajar el satélite hasta que se desintegra en la atmósfera, sin propelente. Muñoz lo compara con un velero que navega sin combustible, aunque aquí el sistema aprovecha el entorno espacial y no el aire.

Según Muñoz, el problema no es solo técnico. No existe una legislación internacional que obligue a retirar los satélites inutilizados, y para los operadores es una cuestión de dinero: tienen que decidir si dejan el satélite un mes más para seguir ingresando o gastan propulsante en bajarlo. Su ventaja, explica, es que el sistema es autónomo y actúa aunque el satélite ya no funcione, de modo que el propietario puede subcontratar esa fase. Una vez desarrollada, la tecnología también serviría para subir de órbita o mantener la altitud sin propelente.

Persei nació en 2023, aunque la tecnología se desarrolla desde 2019 bajo la coordinación de Gonzalo Sánchez-Arriaga. La financiaron con 5,5 millones de euros del Consejo Europeo de Innovación los proyectos E.T.PACK y E.T.PACK-F, ejecutados por la Universidad Carlos III de Madrid, la Universidad de Padua, la de Dresde y SENER Aeroespacial. Muñoz cofundó la empresa con Sánchez-Arriaga, Manuel Sanjurjo Rivo, Andrea Valmorbida, Enrico Lorenzini y Martin Tajmar. Se formó en la Politécnica de Madrid y se doctoró en el Imperial College de Londres, y regresó tras ocho años fuera, con paso por el JPL de la NASA, la ESA y el CERN. La empresa ha reunido algo más de un millón de euros entre financiación, contratos y premios, tiene 11 empleados y paga unos 1.100 euros mensuales de alquiler en las instalaciones de la UC3M. Ha colaborado con Thales Alenia Space.

En 2027 quieren hacer una demostración en órbita a unos 550 kilómetros. El sistema se desorbitará a sí mismo, y calculan que tardará tres meses en destruirse. La ESA y la Comisión Europea, con la iniciativa Flight Ticket, financian el vuelo, que esperan hacer en un Vega-C compartido, aunque el cohete no está confirmado. Después vendría PEARSON, su primer dispositivo comercial, para satélites de 200 a 1.000 kilos. Estiman que uno de 100 kg a 800 km y 50 grados de inclinación tardaría unos cinco meses, dentro de los criterios europeos y estadounidenses. La FCC redujo en 2022 el plazo de 25 a cinco años, y la ESA aspira a lo mismo. Muñoz desea un tratado global, pero con una regulación que permita crecer al sector.

Si seguimos lanzando objetos al espacio sin un mecanismo que los pueda bajar, estamos comprometiendo el acceso al espacio de las futuras generaciones.
— Jesús Manuel Muñoz, CEO de Persei Space
Es necesario retirar activamente los residuos espaciales para detener el crecimiento del número de objetos.
— Oficina de Desechos Espaciales de la ESA
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