Solo el 7% de allegados permanece junto a personas con daño cerebral adquirido

Familias de personas con daño cerebral adquirido enfrentan cambios profundos en sus roles, relaciones y estabilidad económica, con el 93% de allegados abandonando el apoyo debido a la dureza de la situación.
Si estás bien se tira para adelante y puedes ayudar mucho mejor
Una cuidadora describe cómo el descanso periódico le permite mantener la fuerza para seguir adelante.
Mark

¿Por qué crees que solo el 7% se queda? ¿Es realmente abandono o hay algo más?

Mimi

No es abandono en el sentido moral. Es que la vida cambia completamente. La persona que amabas ya no es la misma, y tú tampoco puedes seguir siendo quien eras. Muchos no están preparados para eso.

Mark

Pero el 43% de los socios de Fedace son familiares. ¿Eso no contradice el 7%?

Mimi

No. Eso significa que el 7% que se queda necesita ayuda desesperadamente. Buscan asociaciones, programas, otros cuidadores que entiendan. El 93% que se va probablemente nunca llega a esos espacios.

Mark

¿Qué es lo más difícil para una familia cuando alguien sufre daño cerebral?

Mimi

Que todo cambia de golpe. El rol de cada persona, el dinero, quién cuida a quién, si puedes seguir trabajando. Y nadie te prepara para eso. Es como entrar a un mundo que desconocías completamente.

Mark

¿Funciona realmente el Respiro Familiar?

Mimi

Según quienes lo usan, sí. Rafaela dijo algo importante: "Si estás bien se tira para adelante". Esas pocas horas de libertad al mes no son lujo. Son lo que permite que el cuidador siga en pie.

Mark

¿Qué debería cambiar?

Mimi

Que la sociedad entienda que cuidar a alguien con daño cerebral no es un acto de amor infinito. Es trabajo. Duro. Y merece reconocimiento, apoyo y descanso.

  • Solo 7 de cada 100 personas cercanas a un afectado por daño cerebral adquirido logran permanecer a su lado, una cifra que expone la magnitud silenciosa de esta crisis de cuidados.
  • La llegada del paciente a casa desencadena una transformación total: roles invertidos, parejas que deben reaprenderse, empleos abandonados y decisiones médicas que nadie pidió tomar.
  • Los niños con daño cerebral enfrentan un vacío aún mayor: familias como la de Paloma Pastor tuvieron que buscar rehabilitación privada ante la ausencia de recursos públicos para menores.
  • El programa Respiro Familiar ofrece desde pocas horas de emergencia hasta jornadas mensuales de descanso, devolviendo a los cuidadores una porción de vida propia que los hace más capaces de seguir.
  • El 43% de los socios de Fedace son familiares de afectados, señal de que el movimiento asociativo se ha convertido en el verdadero sistema de apoyo que el Estado aún no garantiza plenamente.

Cuando el cerebro de alguien se daña, el círculo humano que lo sostiene también se fractura. La Federación Española de Daño Cerebral Adquirido revela que apenas el 7% de los allegados permanece junto al afectado, no por falta de amor, sino por el peso insostenible de una realidad que lo transforma todo: los roles, las relaciones, la economía y la identidad misma de quienes cuidan. En el Día Internacional de las Familias, voces desde hospitales, fundaciones y asociaciones recordaron que sostener a otro requiere, primero, ser sostenido.

Cuando una persona sufre un daño cerebral adquirido, la fractura no es solo suya. La Federación Española de Daño Cerebral Adquirido lo expresó con una cifra que pesa: apenas el 7% de los allegados más cercanos permanece junto al afectado. No es abandono por indiferencia, sino rendición ante una carga que lo cambia todo.

Ana Cabellos, presidenta de Fedace, lo explicó sin rodeos durante un encuentro celebrado con motivo del Día Internacional de las Familias: no todo el mundo puede o quiere asumir esos cuidados. Cuando el paciente regresa a casa tras un ictus o un accidente, ya no es la misma persona, y la familia tampoco puede serlo. Los roles se redistribuyen, las parejas deben reaprenderse, el trabajo se resiente y las decisiones médicas y económicas se acumulan sin descanso. El 43% de los socios de Fedace son familiares de afectados, lo que evidencia que el movimiento asociativo existe porque la fuerza interior de las familias necesita respaldo externo.

Verónica Olmedo, trabajadora social en el Hospital Clínico de Valladolid, describió el desamparo que siente quien ingresa por esta causa: las secuelas son imprevisibles y el impacto es simultáneamente funcional, social, laboral y familiar. Su unidad trabaja en tres frentes —paciente, familia y rehabilitación— con el objetivo de que el regreso al hogar sea posible y sostenible.

El daño cerebral no elige edades. Paloma Pastor, presidenta de la Fundación Sin Daño, lo vivió cuando su hijo de ocho años sufrió un traumatismo craneoencefálico al caer por un precipicio. Al despertar, el niño no reconocía a su madre. Pastor tuvo que convertirse en cuidadora principal y buscar rehabilitación privada ante la falta de recursos públicos para menores. Su consejo a otros cuidadores es claro: no aislarse, mantener las relaciones sociales y cuidar la propia salud, porque el proceso no termina.

Para aliviar ese agotamiento nació el programa Respiro Familiar. Con tres modalidades —emergencia puntual, apoyo individual de hasta dos meses y jornadas grupales mensuales—, el programa devuelve a los cuidadores unas horas de vida propia. Rafaela, usuaria y vicepresidenta de la asociación alicantina, lo resumió con sencillez: ese día libre, las cuidadoras se reencuentran entre sí, van al teatro, comen juntas, respiran. Y quienes logran descansar, cuidan mejor.

Cuando una persona sufre un daño cerebral adquirido, algo se quiebra no solo en ella, sino en todo lo que la rodea. La Federación Española de Daño Cerebral Adquirido presentó esta realidad con números que duelen: apenas el 7% de los allegados más cercanos permanece junto al afectado. El resto se va. No porque no amen, sino porque la carga es insoportable.

Ana Cabellos, presidenta de Fedace, fue clara en el encuentro celebrado en la sede de Servimedia con motivo del Día Internacional de las Familias. "Esta enfermedad es una situación muy dura", explicó. "No todo el mundo puede o quiere estar al frente de estos cuidados". Pero lo que parecería un fracaso de la solidaridad es, en realidad, un reflejo de lo devastador que resulta vivir con alguien cuyo cerebro ha sido lesionado. Cuando el paciente regresa a casa después del accidente o el ictus, ya no es la misma persona. Y la familia tampoco puede serlo.

Los cambios son totales. Las relaciones con ese ser querido se transforman. El trabajo de los cuidadores se ve afectado. Las parejas tienen que reaprender a convivir. Alguien debe asumir los roles que la persona afectada ya no puede desempeñar. Y además está todo lo demás: las decisiones médicas, los trámites sociales, la ruina económica que muchas veces acompaña. Cabellos subrayó "la fuerza interior de las familias" que logran quedarse, pero también reconoció que el movimiento asociativo existe precisamente porque esa fuerza necesita apoyo. El 43% de los socios de Fedace son familiares de personas con daño cerebral adquirido, lo que significa que tienen derechos que no pueden ser vulnerados.

Verónica Olmedo, trabajadora social de Neurología en el Hospital Clínico de Valladolid, describió lo que sucede cuando alguien ingresa por esta causa. "Se siente desamparado porque se encuentra ante unas secuelas imprevisibles", dijo. El cambio es funcional, social, laboral y familiar todo a la vez. Por eso su unidad plantea un acompañamiento social que va más allá del alta médica. Para algunos pacientes significa establecer apoyos en el domicilio. Para otros, recursos de larga estancia. El trabajo se hace a tres niveles: el paciente, la familia y la rehabilitación. La mayoría de los afectados desea pasar tres o cuatro meses en un centro de recuperación y luego volver a casa. Pero eso requiere que alguien esté allí esperándolo.

El daño cerebral adquirido no respeta edades. Paloma Pastor, presidenta de la Fundación Sin Daño, vivió esto cuando su hijo de ocho años cayó por un precipicio durante una excursión. Traumatismo craneoencefálico. Hospital Niño Jesús de Madrid. Cuando lo subieron a planta, su hijo era otro niño. No reconocía a su madre. No podía caminar ni hablar. Pastor tuvo que convertirse en cuidadora principal y buscar rehabilitación privada porque en ese momento no había recursos públicos para niños. "Te das cuenta de que necesitas buscar otros medios con familias en tu misma situación", reflexionó. Su mensaje a otros cuidadores fue directo: "Cuídate, no te aísles. Intenta mantener tus relaciones sociales anteriores, cuida tu salud porque la vida es muy larga y este proceso no termina".

Fernando Fresno, del Comité de Familias de la Fundación Sin Daño, tiene un hijo que sufrió un ictus a los seis años. Ambos valoran la terapia de grupo de padres porque, como dice Fresno, "todas las familias pasamos por las mismas etapas". Cuando el daño cerebral llega a un niño, una familia que ya ha recorrido ese camino puede orientar a quienes acaban de entrar en lo que se siente como un mundo completamente nuevo y solitario.

Para aliviar esa soledad nació el programa Respiro Familiar. Beatriz Molina, trabajadora social de Adacea Alicante, explicó que estas ayudas son fundamentales para que las familias puedan conciliar su vida social, laboral y familiar. El programa tiene tres modalidades: respiro de emergencia para situaciones concretas de pocas horas, respiro individual para familias con mayor sobrecarga durante un máximo de dos meses, y respiro grupal que ofrece una jornada de descanso mensual de seis a ocho horas. Rafaela, usuaria del programa y vicepresidenta de la asociación alicantina, lo describió así: "Ese día que tenemos libre nos juntamos sobre todo mujeres y nos podemos ir al teatro, a comer. Podemos hacer lo que queramos. Si estás bien se tira para adelante y puedes ayudar mucho mejor". En esas pocas horas de libertad, los cuidadores recuperan algo de sí mismos. Y eso, paradójicamente, los hace mejores cuidadores.

Esta enfermedad es una situación muy dura. No todo el mundo puede o quiere estar al frente de estos cuidados.
— Ana Cabellos, presidenta de Fedace
Cuídate, no te aísles. Intenta mantener tus relaciones sociales anteriores, cuida tu salud porque la vida es muy larga y este proceso no termina.
— Paloma Pastor, presidenta de la Fundación Sin Daño
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