Donde antes llegaban cuatro tráileres, ahora apenas llegan dos
Desde los campos de Huancavelica hasta los mercados de Pucallpa, la escasez de fertilizantes en Perú ha desencadenado una crisis silenciosa que erosiona tanto la producción agrícola como el poder adquisitivo de las familias más vulnerables. Lo que comenzó como un problema de abastecimiento de insumos se ha convertido en una cadena de pérdidas que conecta al agricultor sin urea con el consumidor que ya no puede comprar papa. Tres intentos fallidos del gobierno por adquirir fertilizantes revelan que la respuesta institucional no ha logrado alcanzar la velocidad con que el hambre y la deuda avanzan sobre el campo peruano.
- Agricultores de Huancavelica pierden hasta el 30% de sus cosechas porque el fertilizante escasea y su precio se ha disparado, reduciendo a la mitad la oferta disponible en la región.
- En los mercados de Lambayeque, Huancayo y Ucayali, los precios de la papa, el apio y el tomate se han duplicado o triplicado en semanas, empujando a los compradores hacia productos más baratos como yuca y camote.
- Vendedores reportan caídas de ventas de entre 30% y 50%, con márgenes de ganancia que desaparecen porque no pueden trasladar todos los aumentos a clientes que ya no tienen con qué pagar.
- El gobierno ha fallado tres veces en su intento de comprar urea para reactivar el agro, mientras ferias como FINAGRO 2022 en Jaén ofrecen alivio simbólico frente a la magnitud real de la crisis.
- Familias de bajos ingresos ven triplicarse su gasto diario en alimentos básicos, reduciendo sus opciones nutritivas y profundizando la inseguridad alimentaria en varias regiones del país.
La escasez de fertilizantes en Perú ha desatado una cadena de consecuencias que va desde los campos hasta las mesas familiares. En Huancavelica, agricultores como Raúl Ochoa han perdido hasta el 30% de sus cosechas: donde antes llegaban cuatro tráileres de urea a la región, ahora apenas llegan dos. La preocupación se agudiza ante el tercer intento fallido del gobierno por adquirir este insumo esencial.
En los mercados de Lambayeque, el kilo de papa pasó de S/ 2.50 a S/ 4.50, obligando a consumidores como Virginia Amaya a triplicar su presupuesto diario y a sustituir productos por yuca o camote. En Huancayo, la vendedora Eva Meza tarda ahora cinco días en despachar lo que antes vendía en dos, mientras el atado de apio saltó de S/ 1.50 a S/ 5.00.
En Pucallpa, las ventas de papa cayeron 50%. Sandi Torres, minorista del mercado Rumbo al Desarrollo, no puede trasladar todos los aumentos a sus clientes sin perder ventas, por lo que su margen de ganancia prácticamente ha desaparecido. De diez compradores habituales, ahora llegan cinco.
Iniciativas como la feria FINAGRO 2022 en Jaén intentan reactivar el agro, pero resultan insuficientes frente a un efecto dominó que ya compromete toda la cadena alimentaria, dejando a agricultores endeudados y a familias con menos opciones para alimentarse cada día.
La escasez de fertilizantes que atraviesa el país ha desatado una cadena de consecuencias que se propaga desde los campos hasta las mesas de las familias peruanas. En los mercados locales, los precios de los alimentos básicos se han disparado mientras que los volúmenes de venta se desploman, obligando tanto a agricultores como a consumidores a tomar decisiones cada vez más difíciles.
En Huancavelica, agricultores como Raúl Ochoa, quien cultiva en el centro poblado de Allpi en la provincia de Acobamba, han visto desaparecer hasta el 30 por ciento de sus cosechas. El problema radica en que el fertilizante, insumo fundamental para abonar los sembríos y garantizar el desarrollo de las plantas, se ha vuelto escaso y caro. Ochoa y sus vecinos ahora compran en promedio diez sacos menos de fertilizante que antes, una reducción que refleja cómo la oferta se ha contraído a la mitad. Donde antes llegaban cuatro tráileres para abastecer de urea a la región, ahora apenas llegan dos. La preocupación de Ochoa aumentó cuando se enteró del tercer intento fallido del gobierno por comprar urea para reactivar el sector.
En Lambayeque, el impacto es visible en los puestos de venta. En el mercado Moshoqueque de Chiclayo, el kilo de papa pasó de costar dos soles con cincuenta céntimos a cuatro soles con cincuenta. Esta duplicación de precio ha obligado a los compradores a buscar alternativas más económicas: yuca y camote, disponibles desde un sol el kilo. Virginia Amaya, una consumidora que recorre este mercado, ha visto cómo su presupuesto diario se triplicó, pasando de veinte a sesenta soles, solo por los cambios en los precios de la canasta familiar. El comerciante Hernán Cubas reporta que en la última semana la papa blanca o Yungay subió de dos soles a dos soles con cincuenta céntimos el kilo, mientras que la papa amarilla escaló de cuatro a cuatro soles con cincuenta.
En Huancayo, los vendedores del mercado Modelo enfrentan una realidad igualmente desalentadora. Eva Meza, vendedora de limones, ahora tarda cinco días en vender lo que antes despachaba en dos. Los restaurantes, sus principales clientes, han reducido sus compras drásticamente: adquieren apenas dos de los diez kilos que solían llevar. Las ventas de pollo cayeron treinta por ciento, mientras que las verduras registran variaciones preocupantes. El atado de apio pasó de costar un sol con cincuenta céntimos a cinco soles, y el tomate subió de un sol con cuarenta céntimos a dos soles con cincuenta el kilo.
En Ucayali, la situación es aún más crítica. En el mercado minorista Rumbo al Desarrollo de Pucallpa, las ventas de papa se desplomaron cincuenta por ciento. Sandi Torres, vendedora del mercado, explica que hace un mes el kilo de papa blanca costaba un sol con sesenta céntimos; ahora ronda los dos soles con cincuenta. Como minorista, no puede trasladar completamente estos aumentos a los clientes sin perder ventas, por lo que su margen de ganancia se ha esfumado. De diez personas que llegaban en una mañana a comprar papa, ahora apenas vienen cinco. Otros productos como limón, maracuyá y maíz morado también han subido aproximadamente un sol más.
Mientras tanto, en Jaén se intenta reactivar el sector agrícola con ferias como FINAGRO 2022, que regresó después de dos años de pandemia y se desarrollará hasta el dieciocho de septiembre. Los fondos recaudados se destinarán a mejorar el campo ferial El Limón. Pero estas iniciativas parecen insuficientes frente a la magnitud de la crisis. La escasez de fertilizantes ha generado un efecto dominó que afecta a toda la cadena de producción y distribución de alimentos, dejando a agricultores con pérdidas significativas y a familias de bajos ingresos con menos opciones para alimentarse.
Notable Quotes
Mi presupuesto diario incrementó de 20 a 60 soles por la subida de precios— Virginia Amaya, consumidora en mercado Moshoqueque, Chiclayo
Ahora termino de vender un saco de limones en cinco días, cuando antes lo acababa en dos— Eva Meza, vendedora en mercado Modelo, Huancayo
The Hearth Conversation Another angle on the story
¿Cómo es que la falta de fertilizante termina afectando el bolsillo de alguien que vive en la ciudad?
El fertilizante es lo que hace que las plantas crezcan bien. Sin él, los agricultores pierden cosechas. Menos papa en el mercado significa papa más cara. Y cuando la papa sube de precio, la gente que no tiene mucho dinero tiene que elegir entre comprar papa o comer otra cosa.
Pero ¿por qué no simplemente compran yuca en lugar de papa?
Algunos lo hacen. Pero la yuca no es lo mismo. Además, si todos empiezan a comprar yuca, el precio de la yuca también sube. Y hay familias que dependen de ciertos alimentos. Un restaurante no puede cambiar su menú de la noche a la mañana.
¿El gobierno está haciendo algo al respecto?
Ha intentado comprar urea, que es el fertilizante principal. Pero ha fallado tres veces. Mientras tanto, los agricultores reciben la mitad de lo que necesitan. Un agricultor en Huancavelica me dijo que antes llegaban cuatro camiones de urea a su región. Ahora llegan dos.
¿Quién sufre más: el agricultor o el vendedor del mercado?
Ambos sufren, pero de formas distintas. El agricultor pierde su cosecha, pierde dinero que invirtió. El vendedor del mercado sigue vendiendo, pero vende menos y gana menos. Y el consumidor está atrapado en el medio: paga más por menos comida.
¿Esto es temporal o es el nuevo normal?
Nadie lo sabe aún. Depende de si el gobierno logra resolver el problema de la urea y si la cadena de suministro se recupera. Pero mientras tanto, la gente está cambiando sus hábitos de compra. Eso no desaparece rápido.