Santander enfrenta crisis de sequía: 13 municipios raciona agua y 4 declaran calamidad pública

Miles de habitantes en 13 municipios enfrentan racionamiento de agua y restricciones en servicios básicos; cuatro municipios bajo calamidad pública.
El agua debe reservarse para lo esencial: beber, cocinar, higiene personal.
Las autoridades de Santander restringen el uso de agua potable a necesidades humanas básicas ante la crisis de sequía.
Mark

¿Por qué exactamente estos trece municipios y no otros en Santander? ¿Hay algo geográfico que los une?

Mimi

La mayoría están en zonas donde las bocatomas dependen de caudales que ahora están muy bajos. Algunos comparten cuencas que se han secado más que otras. Pero también influye la infraestructura: municipios con redes viejas pierden más agua en fugas.

Luke

¿Tenemos números sobre cuánta agua se pierde en esas fugas? El reportaje dice que hay fallas en las redes, pero no dice cuánto representa eso del problema total.

Mark

Y esos cuatro municipios que declararon calamidad pública—¿qué cambia legalmente cuando haces esa declaración?

Mimi

Abre puertas para recursos de emergencia, para ayuda nacional, para que el gobierno nacional pueda intervenir. Es un reconocimiento oficial de que la situación está fuera del control local.

Luke

Pero el reportaje no dice si ya llegó esa ayuda o cuándo se espera. Calamidad pública declarada no es lo mismo que calamidad pública resuelta.

Mark

Sobre los incendios—¿son incendios causados por humanos o son naturales en esta época?

Mimi

El coordinador advierte contra quemar basuras y quemas controladas, así que hay actividad humana involucrada. Pero en sequía extrema, casi cualquier cosa puede encender un fuego.

Luke

Lo que me preocupa es Tona. El alcalde dice que lleva cuatro días ardiendo, pero el reportaje también dice que fue controlado. Eso es contradictorio. ¿Está controlado o no?

Mark

¿Hay precedentes de una crisis así en Santander? ¿Esto es histórico o es algo que ha pasado antes?

Mimi

El reportaje no lo dice, pero la forma en que las autoridades están hablando sugiere que es grave. Cuando pides que la gente no lave sus casas, sabes que estás en territorio de emergencia real.

Luke

Exacto. Y eso es lo que el reportaje captura bien: no es una sequía abstracta, es una sequía que cambia cómo la gente vive día a día.

  • Trece municipios de Santander racionan el agua mientras cuatro —Capitanejo, Oiba, Vélez y Cabrera— han declarado calamidad pública, señal de que la crisis superó la capacidad ordinaria de respuesta.
  • Las bocatomas que captan agua de ríos y quebradas han dejado de funcionar por la caída de caudales, y las redes de tuberías envejecidas agravan el colapso al perder el poco recurso que aún circula.
  • En Tona, a cuatro días de un incendio forestal que las autoridades llaman 'controlado' pero los vecinos describen como apenas contenido, la alerta roja enciende una alarma sobre el Páramo de Santurbán; San Andrés y Coromoro permanecen en alerta amarilla.
  • La sequía y el fuego se alimentan mutuamente: sin lluvia el suelo se reseca, sin humedad el fuego corre más rápido, y sin agua disponible los esfuerzos de extinción encuentran sus propios límites.
  • Las autoridades piden a la población reservar cada litro para beber, cocinar e higiene, y prohíben quemas controladas que en época seca pueden desbordarse en minutos.

En el departamento de Santander, Colombia, trece municipios enfrentan una sequía que ha reducido ríos y quebradas hasta dejar sin agua a decenas de miles de personas, mientras incendios forestales avanzan por una vegetación reseca que ya no encuentra defensa en la humedad. Cuatro municipios han declarado calamidad pública, nombre formal para una ruptura en el pacto silencioso que existe entre una comunidad y el recurso que la sostiene. Lo que ocurre allí es, a la vez, una crisis local y un espejo de la fragilidad de los sistemas que las sociedades construyen sobre la suposición de que el agua siempre llegará.

Santander atraviesa una de sus peores crisis hídricas en años. Trece de sus 87 municipios están bajo racionamiento de agua, y cuatro de ellos —Capitanejo, Oiba, Vélez y Cabrera— han declarado calamidad pública ante la gravedad de la situación. La lista de afectados incluye también a Málaga, Socorro, Aratoca, Barichara, Hato, Villanueva, Sabana de Torres, Guadalupe y Barbosa, donde los habitantes organizan su vida cotidiana en torno a turnos de distribución y cálculos sobre cuándo y para qué usar el agua.

El origen del problema está en las bocatomas, estructuras que captan agua de ríos y quebradas para alimentar los sistemas municipales. Con los caudales reducidos por la sequía, muchas han dejado de funcionar. A eso se suma el deterioro de redes de tuberías que en algunos casos tienen décadas de antigüedad y pierden agua en fugas antes de que llegue a los hogares. El resultado es un colapso en cascada que Eduard Sánchez, coordinador de Gestión del Riesgo del departamento, ha intentado frenar con un mensaje directo: el agua debe reservarse para beber, cocinar e higiene personal. Lavar fachadas o limpiar calles es un lujo que la región ya no puede permitirse.

Mientras la sequía aprieta, el fuego amenaza desde otro frente. Incendios forestales han brotado en Coromoro, Tona y San Andrés. En Tona, cerca del Páramo de Santurbán, el alcalde y los vecinos aseguran que el incendio lleva cuatro días ardiendo, no controlado sino apenas contenido; la localidad está en alerta roja. San Andrés y Coromoro permanecen en alerta amarilla. La combinación de ambas crisis crea un círculo vicioso: sin lluvia la vegetación se seca, sin humedad el fuego avanza más rápido, y sin agua suficiente los esfuerzos de extinción encuentran sus propios límites. Sánchez ha pedido que nadie realice quemas, pues una chispa en época seca puede convertirse en desastre en cuestión de minutos.

Cada día sin lluvia profundiza la emergencia. Lo que sucede en Santander es una advertencia sobre la vulnerabilidad de sistemas que se dan por sentados hasta que dejan de funcionar.

Santander atraviesa una de sus peores crisis hídricas en años. Trece de sus 87 municipios están bajo racionamiento de agua, una cifra que refleja el alcance de una sequía que ha dejado sin recurso a decenas de miles de personas. Cuatro de esos municipios—Capitanejo, Oiba, Vélez y Cabrera—han cruzado el umbral de la emergencia formal, declarando calamidad pública ante la gravedad de la situación.

La raíz del problema está en las bocatomas, las estructuras que captan agua de ríos y quebradas para alimentar los sistemas municipales. Con los caudales reducidos por la sequía, muchas de estas captaciones han dejado de funcionar. A eso se suma el deterioro de las redes de conducción, tuberías que en algunos casos tienen décadas de antigüedad y que pierden agua en fugas antes de que llegue a los hogares. El resultado es un colapso en cascada: menos agua en la fuente, menos agua en las tuberías, menos agua en los grifos.

La lista de municipios afectados es larga: Málaga, Socorro, Aratoca, Cabrera, Barichara, Hato, Villanueva, Sabana de Torres, Oiba, Guadalupe, Vélez, Barbosa y Capitanejo. En cada uno de estos lugares, las autoridades han tenido que implementar turnos de distribución, horarios en los que el agua llega a ciertos barrios mientras otros esperan. Las actividades cotidianas se han vuelto un ejercicio de cálculo: cuánta agua usar, cuándo usarla, para qué usarla.

Eduard Sánchez, coordinador de Gestión del Riesgo del departamento, ha sido claro en sus mensajes a la población. No es momento para lavar fachadas ni limpiar calles con agua potable. Esos usos, que en tiempos normales pasan desapercibidos, ahora representan un lujo que la región no puede permitirse. El agua debe reservarse para lo esencial: beber, cocinar, higiene personal. Cada litro que se desperdicia es un litro que falta en otra casa.

Mientras la sequía aprieta desde abajo, el fuego amenaza desde arriba. En las últimas horas, incendios forestales han brotado en Coromoro, Tona y San Andrés. Las autoridades reportan que fueron controlados gracias al trabajo conjunto de comunidades, bomberos y policía, pero la realidad en el terreno es más compleja. En Tona, cerca del Páramo del Santurbán, el alcalde y los vecinos aseguran que el incendio lleva cuatro días ardiendo, no controlado sino apenas contenido. Tona está en alerta roja, el nivel más alto de peligro. San Andrés y Coromoro están en alerta amarilla, un paso atrás pero igualmente preocupante.

La combinación de sequía e incendios crea un círculo vicioso. Sin lluvia, la vegetación se seca. Sin humedad, el fuego se propaga más rápido. Sin agua disponible, los esfuerzos de extinción se ven limitados. Sánchez ha pedido a la comunidad que no queme basuras ni realice quemas controladas, prácticas que en época seca pueden escapar del control en cuestión de minutos. Una chispa, un descuido, y lo que comienza como un fuego pequeño puede convertirse en un desastre que devore miles de hectáreas.

Las autoridades están conscientes de que esta es una carrera contra el tiempo. Cada día sin lluvia es un día en el que la crisis se profundiza. Cada incendio que no se controla es un recordatorio de cuán frágil es el equilibrio en una región que depende del agua y que ahora enfrenta su ausencia. Lo que sucede en Santander en estos días no es solo una emergencia local; es una advertencia sobre la vulnerabilidad de sistemas que damos por sentado hasta que dejan de funcionar.

Hacemos llamado al uso adecuado del agua, a evitar el lavado de fachadas, de calles, de viviendas, que solo sea para uso humano y actividades de riesgo en campos
— Eduard Sánchez, coordinador de Gestión del Riesgo de Santander
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