En el sureste de Rumania, la sequía más severa en tres décadas ha obligado a las autoridades a desconectar preventivamente uno de los dos reactores de la central nuclear de Cernavoda, cuyo sistema de refrigeración depende del Danubio. El río, símbolo de la arteria vital de Europa central, ha descendido a niveles que recuerdan cuán profundamente la civilización moderna sigue atada a los ritmos del agua. No hay emergencia declarada, pero sí una advertencia silenciosa: la infraestructura más sofisticada no escapa a los límites que impone la naturaleza.