En un momento en que las máquinas aprenden a decidir, tres pensadores proponen que la inteligencia artificial no puede ser éticamente neutral: debe diseñarse desde sus cimientos con valores universales como la verdad, la justicia y la libertad. Su argumento no es tecnológico, sino profundamente humano: si los directivos delegan el juicio a los algoritmos sin cuestionarlos, la responsabilidad se disuelve y la libertad organizacional se erosiona en silencio. El dato ha emergido como un tercer factor de poder junto al trabajo y el capital, creando asimetrías que obligan a preguntarnos no solo qui