Salvar un lugar no es lo mismo que salvar una comunidad
Desde un pequeño pueblo eslovaco hasta las llanuras de Tanzania, comunidades que habitan sitios declarados Patrimonio Mundial por la Unesco comienzan a rechazar un honor que, con el tiempo, se ha convertido en carga. La designación, concebida para proteger lo que la humanidad considera irremplazable, no contempla mecanismos para proteger a quienes viven dentro de esos lugares cuando el turismo masivo o las políticas de conservación erosionan su vida cotidiana. Este momento revela una pregunta que el siglo veintiuno le plantea al proyecto patrimonial global: ¿puede preservarse un lugar sin preservar también a su gente?
- Residentes de Vlkolínec, un pueblo de apenas veinte personas, soportan más de cien mil visitantes al año tras su inclusión en la lista de la Unesco en 1993, y ahora piden ser retirados de ella.
- Comunidades masáis en Ngorongoro denuncian que las políticas de conservación vinculadas al estatus internacional los han desplazado de tierras ancestrales que han habitado durante generaciones.
- Las redes sociales han amplificado el efecto de la etiqueta Unesco hasta convertirla en una garantía de saturación turística, transformando lugares vivos en destinos de consumo masivo.
- La Unesco admite que carece de mecanismos para intervenir cuando el daño recae sobre los residentes en lugar del patrimonio físico, dejando a estas comunidades sin respaldo institucional.
- Las peticiones de Vlkolínec y del grupo masái no serán tratadas en la próxima sesión del Comité del Patrimonio Mundial, y los expertos advierten que salir de la lista tampoco garantiza alivio.
En Vlkolínec, un pueblo eslovaco de cuarenta y cinco casas pintadas de colores vivos y un campanario del siglo dieciocho, viven apenas veinte personas. Desde que la Unesco lo declaró Patrimonio Mundial en 1993, más de cien mil turistas llegan cada año. Algunos residentes ya no quieren ese reconocimiento. A miles de kilómetros, en Tanzania, la Alianza Internacional de Solidaridad Masái ha hecho una petición similar sobre el Área de Conservación de Ngorongoro, argumentando que las políticas de conservación asociadas al estatus internacional han desplazado a sus comunidades de sus tierras de pastoreo ancestrales.
La lista del Patrimonio Mundial nació en 1978 con doce sitios y hoy abarca mil doscientos cuarenta y ocho en ciento setenta países. Su propósito original era proteger lugares amenazados por conflictos e industrialización, y en muchos casos ha funcionado: salvó arrecifes en Belice y ayudó a restaurar Angkor Wat. Pero las redes sociales transformaron el efecto de la designación. Lo que antes era una distinción discreta hoy equivale a una señal de visita obligada que dispara el flujo de visitantes de manera casi automática.
Los investigadores llaman a este fenómeno museificación: la conversión gradual de espacios habitados en escenarios orientados al turista. Venecia pierde residentes. Lijiang vio su centro histórico llenarse de pensiones y tiendas de recuerdos. Marrakech debate la gentrificación de su medina. La Unesco reconoce el problema y pide a los sitios que elaboren planes de gestión de visitantes, pero admite algo más incómodo: no tiene mecanismos para intervenir cuando el daño afecta a las personas y no al patrimonio físico.
Los expertos advierten que salir de la lista tampoco resuelve el problema. Liverpool y Dresde siguieron siendo destinos turísticos importantes tras perder su designación. La solución, según los especialistas, exige una planificación que integre economía, población local y autenticidad. Más de medio siglo después de sus primeras designaciones, la Unesco enfrenta una verdad incómoda: proteger un lugar no es lo mismo que proteger a quienes lo habitan.
En un pueblo eslovaco de montaña donde viven apenas veinte personas en cuarenta y cinco casas de cuento de hadas, algo ha salido mal con el éxito. Vlkolínec, con sus edificios pintados de colores vivos agrupados alrededor de un campanario del siglo dieciocho, fue reconocido por la Unesco como Patrimonio Mundial en 1993 por su arquitectura medieval excepcional. Desde entonces, más de cien mil visitantes llegan cada año. Ahora algunos de sus residentes quieren que la organización los saque de la lista.
A siete mil kilómetros de distancia, en Tanzania, la Alianza Internacional de Solidaridad Masái ha hecho una petición similar respecto al Área de Conservación de Ngorongoro, una región de vida silvestre que alberga comunidades pastorales. Los masáis argumentan que las políticas de conservación vinculadas al estatus internacional de protección los han desplazado de sus tierras ancestrales de pastoreo. Estos dos casos ponen al descubierto una tensión creciente: cuando la Unesco designa un lugar como patrimonio de la humanidad, ¿a quién está protegiendo realmente?
La lista del Patrimonio Mundial comenzó en 1978 con doce sitios y ha crecido hasta alcanzar mil doscientos cuarenta y ocho distribuidos en ciento setenta países. Surgió después de la Segunda Guerra Mundial como un esfuerzo para proteger lugares de valor cultural y ambiental amenazados por conflictos, industrialización y desarrollo. La designación funciona: facilita acceso a fondos internacionales para conservación, ha salvado arrecifes de coral en Belice y ayudó a restaurar Angkor Wat en Camboya después de décadas de daño por guerra y saqueo. El principio fundamental, según John Stubbs, experto en preservación, gira en torno a reconocer el patrimonio compartido como logro de la humanidad.
Pero algo ha cambiado. Las redes sociales han transformado la manera en que funciona la designación de la Unesco. Antes, los viajeros consultaban guías impresas. Ahora siguen a otros turistas en TikTok e Instagram. Greg Richards, investigador especializado en turismo cultural, compara la etiqueta de la Unesco con las clasificaciones de estrellas de las guías de viaje: señala lugares de visita obligada. El aumento de visitantes es, según Richards, una consecuencia prácticamente garantizada de la inclusión en la lista. Lo que antes era un honor se ha convertido en una sentencia de saturación.
Este proceso tiene un nombre entre los investigadores: museificación. Es la transformación gradual de espacios donde la gente vive en lugares orientados cada vez más hacia los visitantes. Venecia, declarada Patrimonio de la Humanidad en 1987, ha experimentado tal aumento del turismo que se ha convertido en uno de los lugares más saturados de Europa, con residentes abandonando la ciudad en números crecientes. En Lijiang, China, el turismo tras su designación en 1997 transformó partes del centro antiguo en zonas llenas de pensiones y tiendas de recuerdos, diluyendo según residentes e investigadores la vida local auténtica. En Marrakech, el incremento del turismo y la inversión extranjera en la medina han generado debates sobre gentrificación y precios inmobiliarios en aumento.
La Unesco reconoce ahora que el turismo ha cambiado drásticamente en los últimos diez o quince años. Peter DeBrine, especialista en turismo sostenible de la organización, explica que ahora solicitan a los sitios que elaboren planes de gestión de visitantes para prepararse ante el crecimiento y reducir aglomeraciones. La organización considera el turismo tanto un desafío como una oportunidad: una fuerza capaz de impulsar conservación y economías locales si se gestiona adecuadamente. No pretenden desalentar las visitas, sino ayudar a que contribuyan a la preservación.
Pero hay un problema fundamental en este enfoque. Cuando se le preguntó si la Unesco puede intervenir cuando residentes locales sienten que el turismo o las políticas de preservación perjudican sus vidas, DeBrine respondió con franqueza: no tienen un mecanismo para ello. La organización puede evaluar si un sitio cuenta con protección adecuada, puede incluir lugares en la lista de patrimonio en peligro por conflictos armados o cambio climático, incluso puede retirar la designación en casos excepcionales. Pero no puede catalogar un sitio como en peligro por el turismo que la propia Unesco contribuyó a generar. Las peticiones de Vlkolínec y del grupo de defensa masái no serán abordadas en la próxima sesión del Comité del Patrimonio Mundial.
Hasta ahora, la Unesco ha retirado solo tres sitios de su lista, y en todos los casos la razón fue conservación. Curiosamente, perder el reconocimiento no siempre reduce el turismo: Liverpool continuó atrayendo visitantes por su identidad musical y cultural después de su exclusión, y Dresde se mantuvo como destino importante. Stubbs sostiene que es poco probable que la retirada de Vlkolínec o Ngorongoro conduzca a cambios significativos. La solución real, argumenta, vendrá de planificación inteligente de conservación que considere economía, ubicación y población local. Más de medio siglo después de que la Unesco comenzara a preservar sus primeros sitios, estos debates sugieren algo incómodo: salvar un lugar no es lo mismo que salvar una comunidad.
Notable Quotes
No disponemos de un mecanismo para intervenir cuando residentes sienten que el turismo o las políticas de preservación perjudican sus vidas— Peter DeBrine, especialista en turismo sostenible de la Unesco
La solución real vendrá de una planificación inteligente de conservación que considere economía, ubicación y población local— John H. Stubbs, experto en preservación
The Hearth Conversation Another angle on the story
¿Por qué alguien querría abandonar el estatus de Patrimonio Mundial? Parece un honor.
Lo es, pero el honor viene con cien mil visitantes al año en un pueblo de veinte personas. El turismo masivo transforma todo: los precios suben, los residentes se van, la vida cotidiana desaparece.
Entonces la Unesco está destruyendo lo que intenta proteger.
No exactamente. Protege el edificio, el monumento, la estructura física. Pero no tiene herramientas para proteger a las personas que viven allí. Son dos cosas diferentes.
¿Y si simplemente retiran el sitio de la lista? ¿Eso resuelve el problema?
Probablemente no. Liverpool perdió su designación pero sigue siendo un destino turístico importante. El daño ya está hecho. Lo que necesitan es planificación inteligente que considere tanto la preservación como las necesidades de los residentes.
¿Puede la Unesco hacer eso?
Dicen que sí, que ahora reconocen el problema. Pero admiten que no tienen un mecanismo real para intervenir cuando el turismo daña a las comunidades. Reconocer el problema no es lo mismo que resolverlo.