El sector depende de actividades primarias, lo que hace urgente resolver los problemas de productividad
En el mapa agrícola de América Latina, El Salvador ocupa un lugar que incomoda por lo que revela: un sector que sostiene la mitad de la economía nacional y a millones de familias rurales, pero que recibe apenas una quinta parte de la inversión en investigación que los estándares internacionales consideran mínima. Un informe de cuatro organismos multilaterales documenta esta paradoja con precisión, señalando que la baja conectividad rural y el escaso gasto científico no son fallas técnicas aisladas, sino condiciones que definen el horizonte posible para más del 95% de los agricultores del país. La pregunta que queda suspendida no es si El Salvador puede modernizar su campo, sino si encontrará la voluntad colectiva para hacerlo antes de que la brecha se vuelva irreversible.
- El Salvador destina solo 6,6 millones de dólares anuales a investigación agrícola, una quinta parte del mínimo recomendado internacionalmente, dejando al sector sin el combustible científico para competir.
- Menos del 25% de los hogares rurales tiene acceso a internet, frente al 39% del promedio regional, aislando a los agricultores de precios, técnicas y pronósticos climáticos que sus pares utilizan a diario.
- Más del 95% de las explotaciones son familiares y pequeñas, pero concentran apenas el 45% de la tierra cultivada, lo que multiplica la vulnerabilidad ante cualquier shock económico o climático.
- La producción agrícola creció menos del 5% en una década, una estabilidad que encubre un estancamiento frente a economías regionales que sí están modernizando su campo.
- Organismos como la CEPAL, la FAO, el IICA y el CAF señalan la dirección: más inversión en investigación, cierre de la brecha digital rural y acceso real de los pequeños productores a tecnología y mercados.
El Salvador figura entre los países de menor productividad laboral agrícola de América Latina, según un informe elaborado conjuntamente por la CEPAL, la FAO, el IICA y el Banco de Desarrollo de América Latina. El diagnóstico, respaldado por cifras concretas, retrata un sector que sostiene la economía nacional pero que opera con recursos insuficientes para modernizarse.
El país invierte apenas 6,6 millones de dólares anuales en investigación y desarrollo agrícola, equivalente al 0,2% de su PIB sectorial. Los estándares internacionales recomiendan al menos el 1,0%. Esta brecha no es solo financiera: limita directamente la capacidad del agro salvadoreño para innovar, mejorar rendimientos y competir en mercados más exigentes. A ello se suma una desconexión digital profunda: menos del 25% de los hogares rurales tiene internet, frente al 39% del promedio regional, dejando a los agricultores aislados de redes de conocimiento que en otros países son de uso cotidiano.
La paradoja es que este sector rezagado es también un pilar fundamental. La agricultura aporta cerca del 50% del PIB nacional y genera el 15% del empleo total. Más del 95% de las explotaciones son de carácter familiar, aunque ocupan apenas el 45% de la tierra cultivada. Para estas miles de pequeñas unidades productivas, la falta de inversión y la desconexión digital no son abstracciones: son límites concretos a sus posibilidades económicas.
Entre 2014 y 2023, la producción agrícola salvadoreña creció menos del 5%, una estabilidad que apenas disimula un estancamiento estructural. El informe multilateral no ofrece soluciones inmediatas, pero traza con claridad el camino: invertir más en investigación, cerrar la brecha digital rural y crear condiciones reales para que los pequeños productores accedan a las herramientas y el conocimiento que necesitan.
El Salvador ocupa un lugar incómodo en las estadísticas agrícolas de América Latina. Según un informe conjunto elaborado por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, el Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura y el Banco de Desarrollo de América Latina, el país centroamericano figura entre los de menor productividad laboral en el sector agropecuario, de pesca y silvicultura de toda la región.
El diagnóstico es claro en sus números. El Salvador destina apenas 6,6 millones de dólares anuales a investigación y desarrollo agrícola, lo que representa apenas el 0,2 por ciento de su producto interno bruto agrícola. Los organismos internacionales recomiendan que este gasto alcance al menos el 1,0 por ciento del PIB sectorial. La brecha es profunda: el país invierte una quinta parte de lo que debería según los estándares globales. Este rezago en inversión científica y tecnológica limita directamente la capacidad del sector para innovar, mejorar rendimientos y competir en mercados más exigentes.
La desconexión digital agrava el problema. En las zonas rurales salvadoreñas, menos del 25 por ciento de los hogares tiene acceso a internet. En el resto de América Latina, ese porcentaje alcanza el 39 por ciento. Para un sector que depende cada vez más de información sobre precios, técnicas de cultivo, pronósticos climáticos y mercados, esta brecha representa una barrera casi insalvable. Los agricultores sin conectividad operan con información incompleta, aislados de redes de conocimiento que sus pares en otros países utilizan rutinariamente.
Pese a estos desafíos estructurales, la agricultura sigue siendo un pilar de la economía salvadoreña. El sector de agricultura, silvicultura y pesca aporta aproximadamente el 50 por ciento del producto interno bruto nacional y genera cerca del 15 por ciento del empleo total. Estos números revelan una economía que depende fuertemente de actividades primarias, lo que hace aún más urgente resolver los problemas de productividad y modernización.
La estructura del sector explica parte de la vulnerabilidad. Más del 95 por ciento de las explotaciones agrícolas en El Salvador son de carácter familiar. Sin embargo, estas miles de pequeñas unidades productivas ocupan apenas el 45 por ciento de la tierra cultivada. Esto significa que la mayoría de los agricultores operan en parcelas pequeñas, con recursos limitados y acceso restringido a tecnología, crédito y mercados. Para estos productores, la falta de inversión en investigación agrícola y la desconexión digital no son abstracciones estadísticas: son obstáculos concretos que definen sus posibilidades económicas.
En 2023, la producción agrícola salvadoreña logró mantenerse estable comparada con el período de referencia 2014-2016, con una variación positiva inferior al 5,0 por ciento. La estabilidad es mejor que la contracción, pero apenas. Un crecimiento tan modesto en una década sugiere un sector que no está despegando, que no está ganando terreno frente a sus competidores regionales. El informe de los organismos multilaterales no ofrece soluciones inmediatas, pero sí deja clara la dirección que debe tomar El Salvador: invertir más en investigación agrícola, cerrar la brecha digital rural y crear condiciones para que los pequeños productores accedan a las herramientas y el conocimiento que necesitan para ser más productivos.
Notable Quotes
El país presenta un rezago en la inversión en investigación y desarrollo agrícola, muy por debajo del umbral recomendado internacionalmente— Informe Perspectivas de la agricultura y del desarrollo rural en las Américas 2025-2026
The Hearth Conversation Another angle on the story
¿Por qué importa que El Salvador invierta solo el 0,2 por ciento de su PIB agrícola en investigación cuando el país depende tanto de la agricultura?
Porque la investigación agrícola es lo que permite que los cultivos rindan más con menos recursos, que los agricultores adapten sus técnicas al cambio climático, que identifiquen plagas nuevas antes de que destruyan cosechas. Sin esa inversión, el sector simplemente se estanca.
Pero el país tiene presupuesto limitado. ¿Cómo se supone que debe encontrar cinco veces más dinero para investigación?
Esa es la pregunta política real. Algunos dirían que es una cuestión de prioridades: ¿qué genera más retorno a largo plazo, invertir en investigación agrícola o en otras áreas? Otros señalarían que organismos internacionales podrían financiar parte de esa investigación.
Mencionaste la brecha digital. ¿Realmente hace tanta diferencia que un agricultor no tenga internet?
Piensa en un productor de maíz en una zona rural. Su vecino en Guatemala puede consultar en línea qué precio tiene el maíz hoy en el mercado regional, qué variedades están resistiendo mejor la sequía, cómo otros agricultores están manejando una plaga. El salvadoreño sin internet no tiene esa información. Vende cuando puede, cultiva lo que siempre ha cultivado.
El informe dice que más del 95 por ciento de las explotaciones son familiares. ¿Eso es un problema o una fortaleza?
Ambas cosas. Es una fortaleza porque significa que hay una red social fuerte, conocimiento tradicional, arraigo en la tierra. Es un problema porque esas pequeñas parcelas no tienen escala para invertir en tecnología, no pueden acceder fácilmente a crédito, no pueden negociar precios como lo haría una empresa grande.
¿Qué pasaría si El Salvador simplemente consolidara todas esas pequeñas explotaciones en granjas más grandes?
Eso sería socialmente devastador. Desplazaría a decenas de miles de familias. Además, la agricultura familiar, cuando funciona bien, es más resiliente ante crisis. El problema no es el tamaño de las explotaciones; es que no tienen acceso a lo que necesitan para ser productivas.
¿Entonces cuál es el camino realista?
Invertir en investigación que sea relevante para pequeños productores, llevar conectividad a las zonas rurales, crear sistemas de crédito accesibles, fortalecer las cooperativas. No es revolucionario, pero requiere voluntad política y recursos sostenidos.