En agosto, la eurozona ofreció una señal de renovada vitalidad económica: el índice PMI compuesto alcanzó su nivel más alto en nueve meses, con manufactura liderando una expansión que no se veía en más de cuatro años. Detrás de los números hay fuerzas concretas —la demanda tecnológica ligada a la inteligencia artificial, el gasto en defensa y el turismo— que sugieren que el crecimiento europeo no es un espejismo, aunque la inflación persistente mantiene al BCE en guardia, recordándonos que la recuperación y la prudencia rara vez viajan separadas.