El 13 de marzo, Colombia convoca a más de 38 millones de ciudadanos a elegir un nuevo Congreso en un momento en que el crecimiento económico coexiste con heridas sociales abiertas, protestas no resueltas y violencia armada que regresa a regiones vulnerables. Es una elección que no solo renueva escaños, sino que mide el peso del descontento acumulado y la capacidad de una democracia fragmentada para construir representación legítima. En el fondo, Colombia pregunta si sus instituciones pueden escuchar lo que sus calles ya dijeron.
Pandemia y estallido social marcan elecciones legislativas en Colombia
El descontento no venía de un solo sector ni tenía un solo propósito
¿Por qué importa tanto esta elección legislativa si la presidencial es el 29 de mayo?
Porque el Congreso que se elija el domingo determinará con quién negocia el próximo presidente. Sin mayorías claras, todo dependerá de coaliciones. Es la diferencia entre gobernar con poder o gobernar pidiendo favores.
Mencionas que la campaña ha sido fría. ¿Qué significa eso en términos de lo que los votantes sienten?
Significa que no hay entusiasmo. Los candidatos no generan emoción. Cuando eso ocurre, los votantes tienden a castigar al oficialismo o a votar por opciones que representen cambio, aunque sea difuso.
Las protestas de 2021 fueron violentas. ¿Eso afecta cómo la gente vota ahora?
Absolutamente. Esas protestas dejaron un registro de descontento muy profundo. La gente no olvida violaciones a derechos humanos. Eso se lleva a las urnas.
Hablas de 19,7 por ciento de mujeres en el Congreso. ¿Es un número que refleja negligencia o es simplemente la realidad política?
Es negligencia institucional. Colombia está diez puntos por debajo del promedio regional. Eso no ocurre por casualidad; ocurre porque los sistemas políticos no han priorizado la inclusión.
¿Qué pasa en esas 16 circunscripciones de paz si ganan candidatos sin capacidad real de gobernar?
Entonces esas regiones siguen siendo descuidadas. Y cuando el Estado no llega, otros actores ocupan ese espacio: grupos armados, narcotraficantes. Es un ciclo que se repite.
¿Cuál es el riesgo mayor que ves en esta elección?
La fragmentación sin capacidad de construcción. Un Congreso dividido en bancadas pequeñas que no pueden negociar de buena fe es un Congreso paralizado. Y un país paralizado en este momento es un país vulnerable.
The Pulse
- Las demandas de las protestas de 2021 —violentamente reprimidas y nunca respondidas— llegan vivas a las urnas, convirtiendo cada voto en un eco de aquellas calles.
- La ausencia de grandes figuras electorales y una campaña sin emoción anticipan un Congreso fragmentado donde ningún partido gobernará sin negociar con varios adversarios.
- En Arauca, Cauca y Norte de Santander, guerrillas, disidencias de las FARC y narcotraficantes amenazan precisamente las zonas donde las circunscripciones de paz deberían dar voz a las víctimas del conflicto.
- Las mujeres siguen con apenas el 19,7% de representación parlamentaria, diez puntos por debajo del promedio regional, y los pueblos indígenas y afrocolombianos enfrentan las mismas barreras históricas de siempre.
- Las 16 curules especiales de paz son el experimento más audaz de estos comicios: la apuesta de que las regiones más olvidadas puedan enviar al Congreso voces que exijan reconstrucción, no solo presencia simbólica.
El 13 de marzo, Colombia convoca a más de 38 millones de ciudadanos a elegir un nuevo Congreso en un momento en que el crecimiento económico coexiste con heridas sociales abiertas, protestas no resueltas y violencia armada que regresa a regiones vulnerables. Es una elección que no solo renueva escaños, sino que mide el peso del descontento acumulado y la capacidad de una democracia fragmentada para construir representación legítima. En el fondo, Colombia pregunta si sus instituciones pueden escuchar lo que sus calles ya dijeron.
Colombia llega al 13 de marzo con el peso de un año convulso sobre sus hombros. Más de 38 millones de ciudadanos elegirán la totalidad del Senado y la Cámara de Representantes, las 16 curules especiales de paz y los candidatos presidenciales de tres coaliciones. Es el primer eslabón de un ciclo electoral que culminará en mayo, pero el contexto lo tiñe de urgencia: la pandemia dejó cicatrices económicas profundas, el descontento social estalló en protestas durante 2021 y la violencia armada ha vuelto a recrudecer en regiones estratégicas.
El crecimiento del 10,6% registrado en 2021 luce vigoroso en los titulares, pero oculta realidades más complejas. Las demandas que jóvenes, campesinos y comunidades apartadas pusieron sobre la mesa durante las protestas siguen sin respuesta. Aquellas manifestaciones fueron reprimidas con violaciones documentadas a los derechos humanos, y el malestar que las alimentó no desapareció: simplemente esperó su turno en las urnas.
El mapa político refleja una fragmentación inédita. Sin grandes electores tradicionales como el expresidente Uribe, y con una campaña fría y sin grandes convocatorias, los analistas anticipan bancadas medias que obligarán a coaliciones complejas. Ningún partido parece en condiciones de gobernar el Congreso por sí solo.
Más allá de los números, estas elecciones son también un examen de inclusión. Las mujeres apenas alcanzan el 19,7% de representación parlamentaria, diez puntos por debajo del promedio latinoamericano. Los pueblos indígenas y afrocolombianos enfrentan las mismas barreras históricas. Y las 16 circunscripciones especiales de paz —diseñadas para dar voz a víctimas del conflicto en zonas rurales— operan precisamente donde hoy actúan el ELN, disidencias de las FARC y bandas narco en departamentos como Arauca, Cauca y Norte de Santander.
Esta elección es, en definitiva, un termómetro: mide si Colombia puede transformar su descontento en representación funcional, y si sus instituciones son capaces de escuchar lo que sus calles ya dijeron hace más de un año.
Colombia se prepara para unos comicios legislativos que llegarán cargados de tensiones acumuladas. El domingo 13 de marzo, más de 38 millones de ciudadanos están llamados a las urnas para elegir la totalidad del Senado y la Cámara de Representantes, además de las 16 curules especiales de paz y los candidatos presidenciales de tres coaliciones políticas. Es el primer paso de un ciclo electoral que culminará con la votación presidencial el 29 de mayo, pero en un país donde la pandemia dejó cicatrices económicas y sociales profundas, donde el descontento estalló en las calles hace poco más de un año, y donde la violencia armada ha vuelto a recrudecer en regiones estratégicas.
La recuperación económica ha sido vigorosa sobre el papel: el país creció 10,6 por ciento en 2021. Pero esa cifra oculta realidades más complejas. Los frentes abiertos en salud siguen siendo numerosos, y más importante aún, las demandas que los colombianos pusieron de manifiesto en las protestas de 2021 permanecen sin resolver. Jóvenes, campesinos, habitantes de regiones apartadas, defensores de derechos humanos: todos ellos sacaron a la luz un descontento que no provenía de un solo sector ni respondía a un único propósito. Fue un reclamo generalizado contra los resultados del Gobierno, y aunque la crisis sanitaria interrumpió esas manifestaciones, se reanudaron porque las demandas seguían vivas. Lo que ocurrió en las calles fue violento: hubo violaciones a los derechos humanos documentadas, y el panorama dejó instalados en la sociedad colombiana niveles de negativismo y descontento que ahora podrían traducirse en las urnas.
El mapa electoral refleja una fragmentación que será determinante. Ausentes están los grandes electores tradicionales, como el expresidente Álvaro Uribe. La campaña ha sido fría, sin la emoción ni los grandes eventos de ciclos electorales anteriores. Los analistas esperan que ningún partido logre mayorías absolutas, lo que obligará a construcciones complejas de coaliciones y negociaciones entre formaciones políticas. Es un escenario de bancadas medias, de poder distribuido, de incertidumbre sobre cómo se conformará el próximo Congreso.
Pero hay otra capa en esta elección que va más allá de los números y las coaliciones. La representación de mujeres en el Congreso sigue siendo una asignatura pendiente. En 2018, apenas 23 mujeres fueron elegidas al Senado de un total de 108 escaños, y 32 a la Cámara de 171. Eso suma una representación del 19,7 por ciento, diez puntos porcentuales por debajo del promedio de América Latina y el Caribe. Aunque han surgido voces femeninas que reclaman liderazgo e incluso aspiran a la Presidencia, el avance ha sido lento. También está en juego la participación de minorías indígenas y afrocolombianos, grupos históricamente subrepresentados en los espacios de poder.
Las 16 circunscripciones especiales de paz representan un experimento político de vital importancia. Son espacios donde las víctimas del conflicto en zonas rurales tendrán la oportunidad de llevar sus elegidos al Congreso. Estas regiones, usualmente las más descuidadas y con menor presencia del Estado, son precisamente donde hoy reaparece la violencia de grupos armados al margen de la ley. En departamentos como Arauca, Cauca y Norte de Santander, operan la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional, disidencias de las FARC y bandas de narcotraficantes. La pregunta que flota sobre estas circunscripciones es si lograrán elegir candidatos que realmente puedan aportar al trabajo de regiones que necesitan reconstrucción, no solo representación.
Esta elección, entonces, no es solo un ejercicio de renovación legislativa. Es un termómetro del descontento acumulado, una prueba de si la fragmentación política permitirá construir gobiernos funcionales, y un examen de si Colombia puede avanzar hacia una representación más inclusiva en sus espacios de poder. Todo ocurre bajo un paraguas de violencia incrementada y demandas que siguen esperando respuestas.
Notable Quotes
Un enorme negativismo y descontento en los colombianos— Patricia Muñoz Yi, investigadora de la Pontificia Universidad Javeriana
De vital importancia que estas circunscripciones queden en manos de candidatos que puedan aportar al trabajo de la región— Patricia Muñoz Yi, sobre las circunscripciones de paz