Mariana Enriquez: el terror como herida compartida y como forma de pensar la violencia latinoamericana

Se menciona la desaparición y muerte de Miguel Bru, secuestrado por la policía en democracia, cuyo cuerpo nunca apareció.
Distintos lados de la misma herida
Enriquez une en su ensayo el espacio gótico y el trauma político de las dictaduras latinoamericanas.
Mark

Enriquez dice que el espacio gótico y el trauma político son "lados de la misma herida". ¿Qué quiere decir?

Mimi

Que no usa el terror como metáfora de la dictadura. Para ella es lo mismo: lo siniestro de una casa y lo siniestro de un duelo impedido nacen de una misma experiencia histórica.

Luke

Conviene precisar que es su tesis, expuesta en un ensayo y una entrevista. No es un dato verificable, es una interpretación suya.

Mark

Y habla de una sensibilidad compartida entre autores latinoamericanos.

Mimi

Cita a Barragán, Lamberti, Barrientos, Ojeda y Trías. Pero insiste en que no es un movimiento ni un equipo.

Luke

Eso importa. La lista es suya, no un censo del género. Es una lectura de una autora, no un hecho sobre toda la literatura de la región.

Mark

¿Por qué trae el caso de Miguel Bru?

Mimi

Porque fue democracia y aun así hubo secuestro, negación y una comisaría reconstruida. Dice que eso le formó la imaginación.

Luke

Lo que sabemos aquí es lo que ella relata: secuestro policial, muerte en dependencias y cuerpo sin aparecer. Los detalles de la comisaría son su versión del caso.

Mark

¿Y el cierre con vampiros y brujas?

Mimi

Es humor con filo: mitos marginales que el consumo volvió caros y ultrasanos.

Luke

Es una opinión, y la dice con ironía. No hay dato detrás, solo una queja cultural.

  • La autora advierte que los mitos oscuros, como el vampiro y la bruja, se han vuelto planos, higiénicos y caros, y eso la inquieta profundamente.
  • El terror latinoamericano aparece como una respuesta urgente a la migración, la violencia y la desigualdad, sin que sus creadores formen un movimiento visible.
  • La dictadura sigue supurando en la obra de Enriquez, y el caso de Miguel Bru revela que la matriz de la represión persistió incluso en democracia.
  • Su ensayo busca reconstruir el sentido de los mitos y de la herida colectiva, en un gesto de resistencia frente a la banalización cultural.
  • El libro cierra una etapa de reflexión y deja abierta la pregunta sobre qué sombras aún no han sido nombradas.

Hay libros que nacen de una conversación con la sombra, y el de Mariana Enriquez es uno de ellos: una escritora que, lejos de su Buenos Aires natal, reúne años de clases, conferencias y entrevistas para pensar qué puede decir el terror sobre una región marcada por dictaduras, desigualdades y heridas que no cierran. Su reflexión sugiere que el gótico no es un adorno del miedo sino una forma de nombrar lo que la historia dejó sin sepultura, como el cuerpo de Miguel Bru, que nunca apareció. En tiempos en que los viejos monstruos se vuelven mercancía, su ensayo invita a recordar que las sombras también fueron, alguna vez, verdad.

De niña, Mariana Enriquez devoraba La odisea y se detenía en el descenso de Odiseo al infierno, con la curiosidad puesta en los monstruos. La Biblia también le dejó una huella: su episodio favorito era la matanza de los inocentes. Lo cuenta con humor y afecto en una parada de su gira por España, llegando desde Tasmania, donde vive desde hace un año con su esposo. De chica, recuerda, lo que quería era ser rockera.

A los 52 años, la autora bonaerense es una de las voces más celebradas de la narrativa argentina. Ahora publica Conversación con la oscuridad, un libro armado a partir de clases, conferencias y entrevistas, que reflexiona sobre el terror y el gótico y se organiza en cinco bloques: espacio, tiempo, subjetividad, cuerpos y trauma. Siempre quiso escribir terror, pero tardó en encontrar su propia manera. Al releer a Stephen King comprendió que no podía copiar sus pueblos ni sus masacres escolares; debía preguntarse qué existía en su entorno. Así nació un terror anclado en el realismo, la paranoia y las voces femeninas.

Enriquez rehúye hablar en nombre de otros, pero reconoce conexiones entre escritores de la región: colombianos, bolivianos, uruguayos y argentinos que comparten una sensibilidad marcada por la migración, la violencia y la desigualdad. Para ella, esas condiciones no se normalizan, se heredan, y el terror se filtra en la espera permanente del golpe.

La dictadura atraviesa su obra, y cuando le piden que deje de escribir sobre ella responde que lo hará cuando deje de supurar. Entre los recuerdos que la marcan está el de Miguel Bru, secuestrado por la policía en plena democracia y asesinado en una comisaría, cuyo cuerpo nunca apareció. Esa historia le mostró que la matriz de la represión seguía viva.

Hoy, lo que más la perturba es que los mitos que la fascinaron de joven, el vampiro y la bruja, se hayan vuelto superficiales y de consumo. Su ensayo es, en el fondo, un intento de devolverles su oscuridad original.

De niña, Mariana Enriquez leía La odisea y se quedaba con el pasaje en que Odiseo baja al infierno; quería saber más de Escila y Caribdis, los monstruos. En la Biblia, su episodio favorito era la matanza de los inocentes. Lo contó el pasado viernes en Barcelona, en una parada de su gira por España, adonde llegó desde Tasmania, la ciudad australiana donde vive desde hace un año con su esposo. Recordó, afable y divertida, que de chica lo que quería era "rock".

A los 52 años, la autora bonaerense es una figura indispensable de la narrativa actual, celebrada por la crítica y por los lectores. Escribió la novela Nuestra parte de noche y los libros de cuentos Las cosas que perdimos en el fuego, Los peligros de fumar en la cama y Un lugar soleado para gente sombría, todos en Anagrama. Ahora publica en Páginas de Espuma Conversación con la oscuridad, donde reúne sus reflexiones sobre la literatura de terror y el gótico. El libro se armó a partir de clases, conferencias y entrevistas, con la ayuda de la académica Inti Soledad Bustos y del editor Juan Casamayor, y se organiza en cinco bloques: el espacio, el tiempo, la subjetividad, los cuerpos y el trauma.

Enriquez cuenta que siempre quiso escribir terror, pero no sabía cómo. Su primera novela, Bajar es lo peor, es de 1995, está escrita en clave de realismo sucio e incluye un trío infernal y una relación entre los dos protagonistas que remite a Entrevista con el vampiro. Después escribió una novela fantástica de terror que llevó a editoriales y no funcionó. Siguió con el realismo en Cómo desaparecer completamente, hasta que decidió dedicarse de lleno al género. Releyó a Stephen King y entendió que no podía copiar su mundo, con Providence, el fanatismo baptista y las masacres escolares, porque nada de eso existe en Argentina. Tenía que preguntarse qué existía en América Latina y en su entorno. Con Poe hizo algo parecido: su primer cuento de terror, El aljibe, traslada la paranoia poeana a un trastorno de pánico, el de una chica que no puede salir a la calle. Ahí también empezó a escribir con narradora femenina, algo que, admite, no era automático: había leído muchos más narradores hombres que mujeres.

Sobre el lugar del terror en la narrativa latinoamericana, rechaza hablar en nombre de otros o hablar de un equipo, porque cada escritor hace lo que quiere. Pero reconoce que ya no se pueden ignorar las conexiones. Cita a Luis Barragán, colombiano lovecraftiano; a Luciano Lamberti, que ganó el premio Clarín con una novela sobre necromancia y dictadura; al boliviano Maximiliano Barrientos, que escribe black metal andino; a Mónica Ojeda, con Nefando y Las voladoras; y a Fernanda Trías, con su apocalipsis en una Montevideo gótica. No hay un movimiento, dice, pero sí una sensibilidad compartida, marcada por la migración, la violencia y la desigualdad.

En su lectura, esas condiciones no se normalizan: se heredan. Se nace con ellas, vienen de los padres y de los abuelos, de toda una clase media golpeada por sucesivas crisis económicas, lo que a su juicio explica ciertos viraje políticos. La mala leche de sus personajes, explica, es resentimiento y supervivencia, y el terror se filtra en ese estado de alarma permanente, en la espera del golpe.

El ensayo sostiene que el espacio gótico y el del trauma político o el duelo impedido son "distintos lados de la misma herida". La dictadura marca su obra, y cuando le piden que deje de escribir sobre ella responde que lo hará cuando deje de supurar. Habla de su generación: la infancia bajo la dictadura, la revelación posterior de lo ocurrido, el encuentro con hijos de desaparecidos, hoy muchos artistas que buscan otros lenguajes.

También menciona a Miguel Bru, secuestrado por la policía en plena democracia, asesinado dentro de una comisaría, con el cuerpo nunca encontrado. Recuerda que la policía reconstruyó la comisaría para que una ventana ya no estuviera donde un testigo la ubicaba. Para ella fue una revelación juvenil: la matriz de la represión seguía viva.

Hoy, dice, lo que más le perturba es la banalización de dos mitos que le resultaron románticos: el vampiro, convertido en un ser estéril, ultrasano, que come dátiles, y la bruja, que ahora anda con el sérum. Son mitos oscuros y marginales vueltos planos y caros.

El espacio gótico y el espacio del trauma político o del duelo impedido no son analogías, sino que son distintos lados de la misma herida.
— Mariana Enriquez, en Conversación con la oscuridad
El terror permite articular los pensamientos jodidos.
— Mariana Enriquez, en entrevista con El País
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