Durante años, Nueva Zelanda apostó por un futuro sin exploración de hidrocarburos en alta mar, pero el tiempo ha cobrado su precio: las reservas de gas natural han caído un 23% y los campos existentes envejecen sin reemplazo a la vista. En 2026, el país revierte aquella prohibición de 2018 y abre una ronda competitiva en la que siete empresas pugnan por licencias en la cuenca de Taranaki, el único rincón offshore del país donde ya se sabe que el gas existe. Es la historia de una nación que redescubre, con cierta urgencia, que la seguridad energética no se improvisa.