Niños y adolescentes imaginan espacios públicos más inclusivos para jugar

Los niños no solo juegan en la ciudad. Interpretan críticamente dónde viven.
La investigación reconoce a menores como actores sociales capaces de proponer transformaciones en espacios públicos.
Mark

¿Por qué fue importante entrevistar directamente a menores en lugar de simplemente observar cómo juegan?

Mimi

Porque hay una diferencia fundamental entre ver a alguien hacer algo y escuchar qué piensan sobre lo que hacen. Los niños no solo experimentan estos espacios; tienen opiniones críticas sobre ellos. Saben qué falta, qué no funciona, qué los hace sentir inseguros.

Mark

¿Qué sorprendió más en los resultados?

Mimi

La consistencia del rechazo a la violencia en todos los grupos de edad, pero también cómo los adolescentes mayores pensaban de manera más colectiva. No era egoísmo infantil. Era una maduración en la comprensión de que los espacios públicos son para todos.

Mark

¿Qué significa que pidan pasto, sombra y agua? ¿No son cosas obvias?

Mimi

Obvias para quien diseña, tal vez. Pero el hecho de que múltiples menores lo mencionen significa que estos elementos básicos no están presentes en los espacios donde viven. Es una demanda concreta de lo que falta.

Mark

¿Cómo cambia esto la forma en que deberíamos pensar el diseño urbano?

Mimi

Significa que el diseño no es solo arquitectura. Es pedagogía. Cada plaza es un aula donde la infancia aprende sobre convivencia, seguridad, cuidado. Si los menores participan en ese diseño, el espacio resultante será más habitable para todos.

Mark

¿Qué pasa después con esta investigación? ¿Alguien escucha?

Mimi

Esa es la pregunta que importa. El estudio documenta lo que la infancia imagina. Ahora depende de que los responsables de políticas públicas decidan si esas voces tienen peso en las decisiones reales.

  • Los espacios públicos urbanos se diseñan mayoritariamente sin consultar a quienes más los habitan: niños, niñas y adolescentes quedan fuera de las decisiones que moldean su entorno cotidiano.
  • El estudio identificó demandas concretas y urgentes —pasto, sombra, agua, estructuras de juego, zonas de descanso familiar— que no son caprichos sino diagnósticos lúcidos de lo que falta.
  • Un rechazo unánime a la violencia atraviesa todas las edades, mientras los adolescentes mayores amplían su mirada hacia el cuidado colectivo: espacios para otros, seguridad compartida, mantenimiento responsable.
  • La investigación propone un giro de paradigma: escuchar a la infancia no como cortesía, sino como condición necesaria para construir ciudades verdaderamente inclusivas y habitables.

En las plazas y parques de la ciudad habita una pregunta que rara vez se formula: ¿qué quieren quienes más los necesitan? Un equipo de la Universidad de Chile, liderado por la profesora Carolina Aroca, decidió preguntárselo directamente a niños y adolescentes de entre 7 y 15 años, reconociéndolos no como beneficiarios pasivos del diseño urbano, sino como sujetos de derecho con capacidad de observar, criticar y proponer. Lo que encontraron revela tanto lo que falta en nuestras ciudades como lo que sobra en la imaginación colectiva de la infancia.

Las plazas y parques de nuestros barrios se presentan como espacios para todos, pero pocas veces se pregunta a quienes los viven cada día qué debería haber en ellos. Un equipo interdisciplinario de la Universidad de Chile, encabezado por la profesora Carolina Aroca del Departamento de Educación y siete estudiantes del Magíster Interdisciplinario de Infancias, decidió cambiar eso: entrevistaron directamente a ocho niños, niñas y adolescentes de entre 7 y 15 años, usando entrevistas semiestructuradas y técnicas de dibujo para comprender cómo imaginan sus lugares de juego en el espacio público.

Lo que emergió fue un retrato preciso y articulado. Los menores no fantasean: observan. Piden pasto donde jugar, estructuras accesibles, sombra, agua y lugares donde las familias puedan quedarse juntas. Son las carencias que conocen de primera mano, expresadas con una claridad que los adultos responsables del diseño urbano rara vez alcanzan.

Un hallazgo especialmente significativo fue la diferencia entre edades. Todos rechazaron la violencia en sus espacios de juego, pero los adolescentes mayores pensaban más allá de sí mismos: imaginaban juegos para niñas y niños más pequeños, enfermerías, cuidado de mascotas, limpieza y seguridad para todos. Esa evolución hacia una mirada colectiva sugiere que crecer en la ciudad también es aprender a compartirla.

La profesora Aroca sostiene que el diseño del espacio público debería entenderse como una actividad didáctica, y que reconocer a niños y adolescentes como actores sociales activos es reconocer su derecho no solo a acceder a estos espacios, sino a transformarlos. La investigación no propone agregar juegos ni repintar paredes: propone escuchar a quienes han sido excluidos de decisiones que los afectan directamente, y permitir que sus voces den forma a la ciudad que habitan.

Los espacios públicos de una ciudad no son simples escenarios físicos. Son lugares donde la infancia aprende a estar en el mundo, donde ocurre la socialización, donde se ejerce el derecho fundamental a la ciudad. Las plazas y parques que rodean nuestros barrios son, en teoría, para todos. Pero ¿realmente lo son? ¿Y quién decide qué debería haber en ellos?

Un equipo de investigación de la Universidad de Chile, liderado por la profesora Carolina Aroca del Departamento de Educación, decidió hacer una pregunta simple pero radical: ¿Cómo imaginan niños, niñas y adolescentes sus lugares de juego en el espacio público? No preguntó a urbanistas ni a adultos responsables de políticas públicas. Preguntó directamente a quienes viven esos espacios cada día. Junto a siete estudiantes del Magíster Interdisciplinario de Infancias, Aroca condujo un estudio que reconoce a menores de edad como sujetos de derecho con agencia propia, capaces no solo de experimentar estos espacios sino de interpretarlos críticamente y proponer alternativas para transformarlos.

La investigación entrevistó a ocho niños, niñas y adolescentes entre 7 y 15 años, utilizando entrevistas semiestructuradas y técnicas gráficas de dibujo. El análisis temático de la información permitió identificar patrones, codificar respuestas y comparar perspectivas según la edad y experiencia de cada participante. Lo que emergió fue un retrato claro de lo que la infancia urbana necesita y desea.

Las plazas y parques aparecen en la imaginación infantil como espacios con potencial, pero incompletos. Los menores articulan demandas concretas y específicas: pasto para jugar, estructuras de juego accesibles, áreas con sombra, acceso a agua, espacios de descanso donde las familias puedan permanecer juntas. Estas no son fantasías. Son observaciones de lo que falta, expresadas por quienes pasan tiempo real en estos lugares. Lo notable es que estas demandas no son caprichosas. Reflejan una comprensión práctica de qué hace que un espacio funcione para el juego y la convivencia.

Un hallazgo transversal destaca con claridad: todos los menores entrevistados rechazaron la violencia como elemento presente o aceptable en sus espacios de juego. Pero hay una diferencia importante según la edad. Los adolescentes mayores pensaban estos espacios desde una perspectiva más colectiva que los más pequeños. Mientras que niños de menor edad tendían a imaginar espacios centrados en su propio juego, los adolescentes incluían preocupaciones por otros: juegos diseñados específicamente para niñas o niños más pequeños, enfermerías para atender emergencias, cuidados para mascotas, limpieza y mantenimiento de los espacios, seguridad para todos.

Esta evolución en el pensamiento es significativa. Sugiere que conforme crecen, los menores desarrollan una visión más sofisticada de lo que significa compartir espacio público. No es solo sobre ellos. Es sobre la comunidad. Es sobre responsabilidad. La profesora Aroca subraya que el diseño del espacio público debería entenderse como una actividad didáctica. Cada interacción entre una persona y su entorno genera contextos de aprendizaje. Reconocer a niños, niñas y adolescentes como actores sociales activos, capaces de interpretar críticamente los lugares que habitan, es reconocer que tienen derecho no solo a acceder a estos espacios, sino a usarlos, disfrutarlos y transformarlos conforme a sus necesidades reales de habitabilidad, juego, cuidado y encuentro familiar.

Lo que esta investigación propone es un cambio de paradigma. No se trata solo de agregar más juegos o pintar las paredes. Se trata de escuchar a quienes viven estos espacios, de reconocer que la infancia tiene perspectivas valiosas sobre cómo debería ser la ciudad, y de permitir que esas voces influyan en decisiones que, hasta ahora, han sido tomadas sin ellas.

El diseño del espacio público debiera entenderse como una actividad didáctica, puesto que cualquier interacción del ser humano con su entorno puede generar un contexto de aprendizaje.
— Profesora Carolina Aroca, Departamento de Educación, Universidad de Chile
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