Durante más de veinte años, el telescopio Swift vigiló los rincones más violentos del cosmos; ahora, vencido por la fricción invisible de una atmósfera expandida por el sol, cae sin remedio hacia la Tierra. La NASA intentó lo extraordinario —una misión comercial de emergencia por treinta millones de dólares— pero la nave LINK no pudo orientarse con la precisión necesaria para el rescate. En el fracaso, sin embargo, persiste una forma de victoria: los datos recogidos y las lecciones aprendidas trazarán el camino para salvar a los satélites que vendrán después.