En el umbral de un orden internacional fracturado, la ministra francesa Éléonore Caroit eligió no mirar hacia otro lado: reconoció la crisis profunda de la ONU y, al mismo tiempo, sostuvo que su existencia sigue siendo irreemplazable. Su argumento no es una defensa ciega, sino una apuesta filosófica: que un foro imperfecto donde todas las naciones tienen voz vale más que el silencio del caos. Francia, desde esa convicción, apunta a reformar la institución antes que a abandonarla.