Desde la tribuna más visible del multilateralismo, el presidente argentino Javier Milei eligió el miércoles 23 de septiembre no el lenguaje de la diplomacia, sino el de la ruptura: llamó a la ONU un organismo 'inútil' sostenido por una burocracia parasitaria incapaz de hacer cumplir sus propias resoluciones. Su discurso ante la Asamblea General no fue una crítica aislada, sino una impugnación filosófica del sistema: si las reglas no tienen consecuencias, ¿qué queda de la legitimidad que las sustenta? Argentina, con Malvinas como caso emblema, plantea una pregunta que trasciende sus fronteras.