Lu Antimorbo: «Todo está moldeado por el engagement, incluso los discursos antifascistas»

Todo está moldeado por el engagement, incluso los discursos antifascistas
Lucía reflexiona sobre cómo la lógica de las redes sociales permea incluso los mensajes políticos que deberían ser genuinos.
Mark

¿Cómo llegó a las redes sociales si lo que quería era hacer arte?

Mimi

Fue casi por accidente. Fue a un casting y le preguntaron cuántos seguidores tenía. Se dio cuenta de que eso era lo que importaba ahora, así que decidió entrar en el juego.

Luke

Pero eso significa que las redes no fueron una elección artística, sino una necesidad económica. ¿Cuánto de su trabajo actual es lo que ella quería hacer versus lo que el algoritmo le permite hacer?

Mimi

Esa es la pregunta que ella misma se hace. Dice que intenta mantenerlo lo más natural posible, pero también tiene una lista de ideas para cuando no tiene ánimo.

Mark

¿Entonces la espontaneidad es real o es también una estrategia?

Mimi

Probablemente ambas cosas. Ella improvisa mucho, pero también es consciente de que está dentro del sistema que critica.

Luke

Aquí hay algo importante: ella dice que sus seguidores la siguen porque no les molesta lo suficiente. Eso no suena a conexión real. Suena a indiferencia.

Mimi

Sí, y eso la frustra. Por eso intenta llevar su trabajo a otros espacios, pero la gente no se mueve de Instagram.

Mark

¿Y qué pasa con la política? Ella critica que incluso los discursos antifascistas están diseñados para el engagement.

Mimi

Exacto. Dice que es una locura. Que aunque los discursos sean necesarios, la pregunta es si se está usando un gancho para denunciar algo que te enfada.

Luke

Pero ella también está usando ganchos. Usa autotune, usa humor, usa su propia vida como contenido. ¿Cómo se diferencia eso de lo que critica?

Mimi

No se diferencia. Ella lo sabe. Por eso dice que quizá está escupiendo hacia arriba. Pero también cree que si los influencers empezaran a ser más transparentes y orgánicos, algo cambiaría.

  • Lucía Carnero tiene casi 100.000 seguidores en Instagram y TikTok
  • Nació en 1999 en Guadalajara y vive en Madrid
  • Improvisa contenido sin pensar demasiado, grabándose directamente cuando algo le parece gracioso
  • Critica que los influencers representan todo lo malo e injusto del capitalismo

Lu Antimorbo improvisa contenido sin pensar demasiado, grabándose directamente cuando algo le parece gracioso, lo que genera conexión con su audiencia de casi 100.000 seguidores. Critica que todo en internet está moldeado por el engagement, incluso los discursos antifascistas, y ve a los influencers como reflejo de una sociedad que premia obscenamente a personas sin mérito aparente.

La creadora de contenido Lu Antimorbo reflexiona sobre cómo el engagement moldea incluso los discursos políticos en redes, abogando por más espontaneidad y autenticidad frente a la profesionalización excesiva.

Lucía Carnero graba videos en su habitación sin mucho ceremonial. Cuando algo le parece gracioso, se enciende el teléfono, se graba, y lo sube. No piensa demasiado en ello. Sus casi cien mil seguidores en Instagram y TikTok han aprendido a reconocer esa espontaneidad como su marca: videos cortos donde canta con autotune, cuenta anécdotas del día a día, comenta la actualidad con ironía. Nació en 1999 en Guadalajara, vive en Madrid desde hace años, y llegó a las redes sociales casi por accidente, después de asistir a un casting donde le preguntaron cuántos seguidores tenía. "Si no puedes con el enemigo, únete a él", pensó entonces. Decidió que si la industria del entretenimiento iba a medirse en números de redes, ella aprendería a jugar ese juego.

Pero Lucía no se siente cómoda con las palabras que definen su trabajo. Influencer, creadora de contenido: términos que rechaza como horribles e indignantes. Lo que ella hace es escribir, pensar, cantar, actuar, tener ideas. Las redes sociales son simplemente el vehículo más accesible para llegar a gente, nada más. El problema es que esa audiencia no siempre la sigue porque le interese genuinamente, sino porque no le molesta lo suficiente como para dejar de seguirla. Y cuando intenta llevar su trabajo a otros espacios—una sala de conciertos, una plataforma de streaming, incluso otra aplicación—la gente no se mueve. Se quedan en Instagram. Esa fricción fue lo que la empujó a empezar.

Lo que la frustra ahora es más profundo. Todo en internet está moldeado por el engagement, dice. Es una locura. Incluso los discursos antifascistas, que son necesarios, están diseñados como ganchos para captar atención. Esa observación la mantiene despierta. Cuando le preguntaron sobre el revuelo reciente alrededor de los influencers, respondió con claridad: ricos y pobres siempre han existido, pero la forma de llegar ahí evoluciona con el consumo. Antes era la televisión. Ahora es TikTok. Es lógico que la gente haya empezado a rechazar a los influencers como personajes, porque representan todo lo malo e injusto del capitalismo. Ver a alguien ganarse en una publicidad lo que sus padres ganan en un año genera hastío. Es normal. No cree que sea envidia personal. Es que los influencers son el reflejo de una sociedad que premia de manera obscena a personas que, a simple vista, no hacen absolutamente nada para merecerlo.

Cuando se le pregunta si ella misma se considera influencer, la respuesta es incómoda. Pertenece a un porcentaje de chicas que en algún momento quisieron vivir del arte y terminaron atrapadas en la rueda de las redes sociales al darse cuenta de que era la forma más viable de ser vistas en un mundo donde solo importan dos cosas: cuántos números mueves y quiénes son tus padres. Ella está dentro del sistema que critica. Lo sabe. Por eso le hace gracia que los propios creadores estén subiendo videos sobre la caída de los influencers como estrategia para desligarse. Espera que esto sirva para que el sector se ponga las pilas, haga contenido más orgánico, menos publicidades. Que agradezcan su privilegio y sean transparentes con él. Y si deciden hablar de política, que lo hagan con conciencia, sabiendo lo que dicen, porque abrir Instagram y escuchar bulos de gente forrada que habla como si fuera la libertad guiando al pueblo genera ganas de bloquear a todo el mundo.

Sobre la presión estética, Lucía cuenta que al principio se arreglaba para grabar. Se maquillaba, iluminaba el plano, se cambiaba de ropa. Era defensa personal, una forma de evitar insultos y humillaciones. Pero llegó un punto en que se dio cuenta de que estaba intentando contar pedacitos de vida, problemas de chicas normales, desde el salón de su casa. ¿Por qué ajustarse a un canon que no tiene nada que ver con lo que le interesa? A conciencia decidió esforzarse en no tener miedo. Con el tiempo esa presión se desvaneció. Ahora es su rutina. Es ella. Cuando sufre no hay chiste, aclara. Intentar ser divertida y dinámica todo el rato es difícil. Hay que estar bien de la cabeza para reírte de tu miseria y hacer algo con ella. Pero cuando está aquí, en la vida real, frente a alguien, la gente puede intuir perfectamente cómo es o qué piensa de las cosas basándose en lo que hay en sus redes. No hay un gran espacio entre su yo online y su yo que está aquí. A veces no le apetece ser la graciosa de la fiesta. A veces está pasándoselo genial o buscando a una amiga. Pero la naturalidad es real. Y eso, en un internet cada vez más profesionalizado y brandeado, es lo que la gente reconoce.

Si algo se me ocurre y me hace gracia, me grabo y lo subo directamente, no lo pienso nada
— Lucía Carnero
Ellos son el reflejo de una sociedad que premia de manera obscena a personas que, a simple vista, no hacen absolutamente nada por merecerlo
— Lucía Carnero, sobre los influencers
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