En agosto de 1936, siete jóvenes religiosos colombianos de entre veintidós y veintinueve años fueron fusilados en Barcelona junto a más de ciento veinte hombres, pese a portar documentación diplomática que debía garantizar su seguridad. Habían llegado a España para servir a los enfermos y estudiar su vocación; murieron en medio de una guerra que no reconoció fronteras ni protecciones. Su martirio, reconocido por el Papa Juan Pablo II en 1992, permanece como testimonio de lo que ocurre cuando la violencia política decide ignorar toda ley humana.
Los siete mártires colombianos acribillados en Barcelona pese a salvoconductos
Siete religiosos colombianos fueron asesinados junto a más de 120 hombres en un fusilamiento masivo, sus cuerpos fueron encontrados mutilados e irreconocibles en una morgue.