En el corazón de la diplomacia mundial, los arquitectos de la inteligencia artificial se presentaron ante el Consejo de Seguridad de la ONU no para celebrar sus creaciones, sino para advertir sobre ellas. Voces como las de Sam Altman, Dario Amodei y Yoshua Bengio convergieron en un mensaje poco habitual en el mundo corporativo: la tecnología que construyen podría escapar al control humano si la humanidad no actúa colectivamente. La advertencia llega en un momento de profunda paradoja: quienes más saben sobre el peligro son también quienes lo fabrican, y quienes deberían regularlo están dividid