En el aparente silencio de las vacaciones, el cerebro no descansa: despierta. El neurólogo José Manuel Moltó explica que romper la rutina obliga al cerebro a forjar nuevas conexiones neuronales, activando la plasticidad, la memoria espacial y las funciones ejecutivas que la vida cotidiana mantiene adormecidas. Este proceso no es un lujo estival, sino una inversión biológica: cada experiencia genuina, cada paseo sin destino fijo, cada idioma tartamudeado en tierra extraña, construye una reserva cognitiva que puede amortiguar el deterioro del cerebro en el futuro.