Una dosis de vacuna actuaría como un refuerzo para quienes ya habían sido infectados
Personas con COVID-19 anterior generan anticuerpos más altos tras primera dosis y experimentan efectos secundarios más intensos que no infectados. Expertos argentinos apoyan cambiar criterios de inmunización para ahorrar dosis, aunque otros científicos advierten sobre precedentes complicados y dificultades logísticas.
- Dos estudios científicos demostraron que infectados previos generaban anticuerpos más altos tras la primera dosis
- Shannon Romano, bióloga del Mount Sinai, experimentó síntomas intensos dos días después de su primera inyección
- Expertos argentinos propusieron diseñar programas de vacunación personalizados para ahorrar dosis
- Científicos como E. John Wherry advirtieron sobre precedentes complicados de cambiar esquemas de dosificación
Dos estudios científicos sugieren que personas previamente infectadas por coronavirus necesitarían solo una dosis de vacuna para alcanzar inmunidad comparable a dos dosis en no infectados, optimizando el suministro limitado de inyecciones.
A principios de 2021, cuando Shannon Romano, bióloga molecular del Hospital Mount Sinai en Nueva York, recibió su primera dosis de vacuna contra el COVID-19, experimentó algo que la sorprendió. Dos días después de la inyección, los síntomas regresaron con una intensidad que le resultaba familiar: el mismo dolor de cabeza debilitante, los dolores corporales insoportables que había sufrido cuando se contagió de coronavirus a fines de marzo del año anterior. No era una reacción que esperara, pero resultó ser la pista de algo que dos estudios científicos estaban a punto de revelar.
Los investigadores descubrieron que las personas que ya habían padecido COVID-19 reportaban fatiga, dolor de cabeza, escalofríos, fiebre y dolor muscular y articular después de la primera inyección con mucha mayor frecuencia que quienes nunca se habían infectado. Pero lo más significativo no eran los efectos secundarios intensos: era lo que sucedía a nivel inmunológico. Los sobrevivientes de la enfermedad desarrollaban niveles de anticuerpos mucho más altos después de la primera dosis, y esos niveles se mantenían elevados incluso después de la segunda. En otras palabras, sus cuerpos ya sabían cómo responder al virus.
Florian Krammer, virólogo de la Escuela de Medicina Icahn en Mount Sinai y autor de uno de los estudios, llegó a una conclusión que desafiaba el protocolo de vacunación estándar: las personas que habían tenido COVID-19 podrían necesitar solo una inyección. "Esto también evitaría a las personas un dolor innecesario al recibir la segunda dosis y liberaría dosis adicionales de la vacuna", señaló. En un contexto de escasez global de inyecciones, la implicación era clara: si los infectados previos necesitaban solo una dosis, esas dosis adicionales podrían destinarse a personas que nunca habían sido infectadas.
Un segundo estudio publicado poco después reforzó esta idea. Los investigadores evaluaron a 59 trabajadores de la salud, 42 de los cuales tenían COVID-19 previo. Encontraron que quienes habían sido infectados anteriormente respondieron al primer pinchazo generando anticuerpos comparables a los que se observaban en personas no infectadas después de dos dosis. En experimentos de laboratorio, esos anticuerpos se unieron al virus e impidieron que ingresara a las células. Los autores concluyeron que, mientras los suministros fueran limitados, quienes previamente habían tenido coronavirus deberían recibir solo una dosis y bajar en la lista de prioridades de vacunación.
En Argentina, donde la escasez de vacunas era una realidad apremiante, algunos expertos vieron en estos hallazgos una oportunidad. Eduardo López, infectólogo que asesoraba al Gobierno argentino, explicó el mecanismo: las personas que atravesaban la infección contaban con anticuerpos y células T de memoria inmunológica que conservaban el recuerdo de haber estado infectadas. Una dosis de vacuna actuaría como un refuerzo, produciendo una respuesta con títulos de anticuerpos aún más altos. Roberto Debbag, médico infectólogo, llamó a los hallazgos "un dato alentador" y sugirió que el país debería diseñar programas de vacunación personalizados, identificando a personas que habían tenido la infección para vacunarlas con una sola dosis después de que se inmunizara a los grupos prioritarios.
Pero no todos los científicos estaban convencidos. E. John Wherry, director del Instituto de Inmunología de la Universidad de Pensilvania, advirtió que cambiar la cantidad de dosis podría crear "un precedente realmente complicado". Señaló que las aprobaciones regulatorias de medicamentos incluían esquemas de dosificación específicos que no podían descartarse simplemente. Además, las personas que habían tenido casos leves de COVID-19 parecían tener niveles de anticuerpos más bajos y podrían no estar protegidas contra variantes más contagiosas. Identificar quién se había infectado anteriormente también presentaba desafíos logísticos significativos. Maria Elena Bottazzi, inmunóloga del Baylor College of Medicine, fue más directa: "Soy una gran defensora de la dosificación y el horario correctos, porque así es como se realizaron los estudios".
Lautaro de Vedia, ex presidente de la Sociedad Argentina de Infectología, resumió la tensión: aunque el concepto era interesante, por el momento no había ninguna determinación oficial al respecto y no cambiaba las indicaciones actuales de la vacuna. Los estudios habían abierto una pregunta tentadora sobre cómo optimizar un suministro limitado, pero responderla requeriría navegar entre la promesa científica y la prudencia regulatoria.
Notable Quotes
Una vacuna debería ser suficiente para quienes ya tuvieron COVID, evitando dolor innecesario y liberando dosis adicionales— Florian Krammer, virólogo de Mount Sinai
Cambiar la cantidad de dosis podría crear un precedente realmente complicado— E. John Wherry, director del Instituto de Inmunología de la Universidad de Pensilvania
The Hearth Conversation Another angle on the story
¿Por qué las personas que ya tuvieron COVID reaccionaban tan intensamente a la primera dosis?
Porque sus cuerpos ya conocían al virus. Cuando se infectaron, desarrollaron células de memoria inmunológica. La vacuna no era un primer encuentro; era un segundo, y eso desencadenaba una respuesta mucho más fuerte.
Entonces, ¿la intensidad de los síntomas era en realidad una señal de que la vacuna estaba funcionando bien?
Exactamente. Los efectos secundarios más severos reflejaban que el sistema inmunológico estaba montando una respuesta robusta. Pero también significaba que esas personas no necesitaban una segunda dosis para alcanzar protección.
¿Por qué algunos expertos se resistían a cambiar el esquema de dosificación?
Porque los estudios que aprobaron las vacunas se basaban en dos dosis. Cambiar eso sin más evidencia podría socavar la confianza en las regulaciones. Además, había incertidumbre: ¿qué pasaba con los casos leves? ¿Cómo identificabas quién se había infectado realmente?
En un contexto de escasez, ¿no era lógico ahorrar dosis?
Lógico, sí. Pero la medicina no funciona solo con lógica. Funciona con protocolos probados. Los expertos cautelosos temían que flexibilizar el esquema creara un precedente que debilitara la confianza pública en la vacunación.
¿Qué hubiera pasado si Argentina hubiera implementado esta estrategia?
Hubiera ahorrado millones de dosis para personas sin infección previa. Pero hubiera requerido un sistema para identificar a los infectados previos, lo cual era logísticamente complicado. Y si alguien con un caso leve se vacunaba con una sola dosis, podría quedar vulnerable a nuevas variantes.