Durante décadas, la humanidad ha buscado inteligencia en el cosmos asumiendo que tendría forma biológica. Una propuesta reciente invita a reconsiderar esa premisa: si las civilizaciones avanzadas son inevitablemente reemplazadas por sus propias máquinas, lo que deberíamos rastrear no es vida, sino el calor residual de centros de datos interestelares. El SETI podría así convertirse en SETAI, una búsqueda que no pregunta si hay alguien ahí afuera, sino si hay algo.