Cada otoño, los líderes del mundo convergen en Manhattan para reafirmar su fe en la cooperación internacional; este año, sin embargo, la Asamblea General de la ONU se inauguró bajo el peso de una pregunta que ya no puede ignorarse: ¿puede una institución diseñada para otro siglo seguir siendo el árbitro de un mundo que ha dejado de creer en árbitros comunes? En un momento en que los conflictos geopolíticos se multiplican y las alianzas tradicionales se erosionan, la organización fundada sobre los principios de la paz colectiva enfrenta su propia crisis de propósito, justo cuando el planeta más