En el corazón industrial de Europa, Alemania atraviesa una paradoja que la historia energética difícilmente olvidará: habiendo clausurado sus centrales nucleares por convicción ideológica, el Estado alemán destina ahora fondos públicos a construir nuevas plantas de gas para recuperar la capacidad firme que él mismo eliminó. Lo que comenzó como una apuesta moral por las energías renovables ha derivado en mayor dependencia del exterior, precios más altos y una promesa de hidrógeno que, según la propia estrategia oficial, deberá importarse en más de la mitad. La transición energética más ambicios