Mientras los bombardeos de Estados Unidos e Israel sacudían el cielo de Irán, otro silencio más íntimo caía sobre millones de personas: el gobierno iraní cortó el acceso a internet, separando a familias enteras a través de los continentes. En València, iraníes como María esperan noticias de sus seres queridos en Teherán con una mezcla de angustia y esperanza contradictoria, recordándonos que toda guerra se libra también en el espacio invisible entre quienes se aman y no pueden comunicarse. La distancia geográfica nunca protege del todo del dolor que ocurre en la tierra donde uno nació.
Iraníes en España viven con angustia el bombardeo a su país mientras internet está cortado
Un cielo que puede pasar del azul a las llamas en cuestión de segundos
¿Cómo es vivir en el extranjero cuando tu país está siendo bombardeado?
Es como estar en dos lugares a la vez. Tu cuerpo está aquí, pero tu mente está allá, preguntándose si las personas que amas siguen vivas. El silencio es lo peor.
María dice que siente felicidad por el ataque. ¿Eso no es contradictorio?
No es felicidad exactamente. Es la esperanza de que algo cambie, de que el régimen caiga. Pero esa esperanza viene envuelta en culpa, porque significa que tu propio pueblo está sufriendo.
¿Por qué cortó internet el gobierno iraní?
Para controlar la narrativa. Sin internet, sin comunicación, es más fácil reprimir. La gente no puede organizarse, no puede compartir información, no puede pedir ayuda.
Abdollah dice que los ataques militares no van a cambiar el régimen. ¿Por qué?
Porque la guerra fortalece al gobierno, no lo debilita. Permite represión severa bajo el pretexto de defensa nacional. Los iraníes que podrían protestar ahora tienen miedo de ser acusados de traición.
¿Cuál es la diferencia entre lo que siente María y lo que siente Abdollah?
María ve una oportunidad. Abdollah ve una trampa. Ambos aman a Irán, pero uno cree que la destrucción podría llevar a la libertad, y el otro sabe que la destrucción solo trae más control.
Der Puls
- El ataque coordinado de Estados Unidos e Israel contra Irán desató una crisis inmediata de comunicación cuando el régimen iraní cortó el acceso a internet en todo el país, dejando a millones incomunicados.
- María, iraní residente en València, logró hablar con sus padres en Teherán a las ocho de la mañana del sábado; esa breve llamada fue la última señal de vida antes del silencio total.
- Iraníes en el extranjero viven una contradicción desgarradora: desean el fin de un régimen que los oprimió, pero temen por los civiles —sus propios familiares— que quedan bajo las bombas.
- El periodista Abdollah Abdi advierte que los ataques militares no debilitan al régimen iraní sino que le otorgan una coartada para reprimir protestas internas con violencia extrema.
- Mientras expertos y testigos directos intentan separar los hechos del ruido informativo, el teléfono de cientos de iraníes en España sigue sin sonar y la angustia no cede.
Mientras los bombardeos de Estados Unidos e Israel sacudían el cielo de Irán, otro silencio más íntimo caía sobre millones de personas: el gobierno iraní cortó el acceso a internet, separando a familias enteras a través de los continentes. En València, iraníes como María esperan noticias de sus seres queridos en Teherán con una mezcla de angustia y esperanza contradictoria, recordándonos que toda guerra se libra también en el espacio invisible entre quienes se aman y no pueden comunicarse. La distancia geográfica nunca protege del todo del dolor que ocurre en la tierra donde uno nació.
El sábado por la mañana, la noticia de un ataque coordinado de Estados Unidos e Israel contra Irán llegó a València antes de que muchos iraníes residentes en la ciudad hubieran terminado de despertar. El primer ministro Netanyahu lo justificó como una necesidad existencial; Trump respaldó los mismos argumentos. La respuesta de Teherán fue inmediata con ataques a bases estadounidenses en el golfo Pérsico. Pero en paralelo, algo más silencioso ocurría: el gobierno iraní cortaba el acceso a internet en todo el país.
María —nombre ficticio de una mujer de cuarenta años que lleva una década viviendo en España— logró hablar con sus padres en Teherán a las ocho de la mañana. Fue su última conversación. Después, el silencio se instaló sin previo aviso. Sus padres, hermanos y primos quedaron del otro lado de una línea que ya no existe, mientras los bombardeos continuaban sobre la ciudad.
Lo que María siente es difícil de nombrar: angustia por su familia y, al mismo tiempo, una esperanza incómoda de que el ataque pueda significar el fin de un régimen que nunca la protegió. Trump había dicho que la intención era salvar civiles, no matarlos. Para ella, eso representa algo que su propio gobierno jamás le ofreció. Pero la contradicción la inquieta profundamente: ¿qué dice de Irán que algunos de sus ciudadanos sientan alivio cuando su país es bombardeado?
Abdollah Abdi, periodista iraní independiente que vive en el extranjero, no llegó al sábado sin señales de advertencia. Llevaba semanas percibiendo una doble realidad: negociaciones indirectas que seguían abiertas y, al mismo tiempo, una fragilidad creciente que presagiaba una ruptura. Las primeras horas fueron un torrente de mensajes sin respuesta, de fuentes cruzadas, de intentos por separar los hechos del ruido. Logró saber que su familia estaba bien, pero la preocupación no desapareció.
Abdi no comparte el optimismo de María. Según su análisis, los ataques militares no derriban regímenes como el iraní; los refuerzan. La guerra le da al gobierno la coartada perfecta para sofocar cualquier protesta interna con una brutalidad que en tiempos de paz resultaría más difícil de justificar. Lo que podría parecer un golpe liberador puede convertirse en el instrumento de una represión aún más severa. Mientras tanto, en València y en otras ciudades del mundo, el teléfono sigue sin sonar.
El sábado por la mañana llegó la noticia de un ataque coordinado de Estados Unidos e Israel contra Irán. El primer ministro israelí Binyamín Netanyahu justificó la operación como necesaria para eliminar lo que describió como una amenaza existencial, mientras que el presidente estadounidense Donald Trump respaldaba los mismos argumentos. La respuesta iraní fue inmediata: ataques contra bases militares estadounidenses en el golfo Pérsico. Mientras el conflicto se desplegaba en tiempo real, algo más silencioso pero igualmente devastador ocurría: el gobierno iraní cortaba el acceso a internet en todo el país, dejando a millones de personas sin forma de comunicarse con el mundo exterior.
En València, una mujer de cuarenta años que prefiere no revelar su nombre real —la llamaremos María— se despertó con la noticia y corrió a contactar a su familia. Logró hablar con sus padres a las ocho de la mañana. Fue la última conversación que tendría con ellos. Después, el silencio. Sus padres, hermanos y primos viven en Teherán, donde los bombardeos comenzaron desde primera hora. María lleva diez años fuera de Irán, tiempo que aprovechó para estudiar y construir una vida diferente, pero los lazos familiares no se cortan con la distancia. Ahora, sin internet, sin mensajes, sin forma de saber si sus seres queridos estaban a salvo, solo podía esperar.
Lo que María experimenta es una contradicción emocional profunda. Por un lado, la angustia de no tener noticias de su familia mientras su país es bombardeado. Por otro lado, una sensación de esperanza, casi de alivio, porque cree que este ataque podría significar el fin del régimen que ha gobernado Irán durante décadas. Trump había dicho públicamente que la intención no era matar civiles sino salvarlos del gobierno. Para María, esto representa una protección que su propio país no le ha ofrecido nunca. Tiene amigos iraníes refugiados en València que comparten estos sentimientos contradictorios. Pero la contradicción la inquieta: ¿qué dice de la situación en Irán que algunas personas sientan felicidad cuando su propio pueblo es atacado?
Abdollah Abdi, periodista independiente iraní que vive fuera del país, se enteró del ataque a través de sus propios canales informativos y también por algo más inquietante: el silencio que comenzó a extenderse entre sus contactos dentro de Irán. A diferencia de crisis anteriores, esta no fue una sorpresa absoluta. Llevaba semanas viviendo lo que él describe como una doble realidad: por un lado, negociaciones indirectas entre Estados Unidos e Irán que seguían abiertas; por otro, señales de que el equilibrio era frágil, que algo grande estaba a punto de romperse. Las primeras horas fueron intensas. Decenas de mensajes sin respuesta. Intentar separar los hechos del ruido. Revisar información de múltiples fuentes. Y, constantemente, preguntarse qué estaba viviendo su gente bajo un cielo que podía pasar del azul a las llamas en cuestión de segundos.
Como periodista, Abdi intenta mantener una perspectiva analítica. Busca entender por qué un ataque ocurre mientras las negociaciones siguen abiertas, qué tensiones internas empujan a los actores, qué silencios revelan más que los discursos. Pero como iraní, el impacto es profundamente emocional. Cuando tu país está siendo bombardeado, aunque estés lejos, sientes que una parte de ti tiembla. Logró tener noticias de su familia, pero la preocupación nunca desaparece.
Sin embargo, Abdi no comparte la esperanza de María sobre el fin del régimen. El nivel, el tipo y la profundidad de los ataques importan, pero dada la estructura de poder en Irán, es muy difícil cambiar un gobierno mediante bombardeos militares. De hecho, las condiciones de guerra hacen lo opuesto: permiten al gobierno reprimir cualquier protesta con una severidad extrema, con derramamiento de sangre. Lo que podría parecer un golpe liberador podría convertirse en una herramienta de represión aún más poderosa. Mientras tanto, en Valencia y en otras ciudades del mundo donde viven iraníes, el teléfono sigue sin sonar, los mensajes no llegan, y la angustia persiste.
Bemerkenswerte Zitate
Este gobierno en vez de notificar lo que pasa, corta internet. La protección en vez de venir de nuestro propio país, viene de fuera.— María, iraní residente en València
Las condiciones de guerra permiten al gobierno reprimir cualquier protesta con extrema severidad. Es muy difícil cambiar el régimen mediante un ataque militar.— Abdollah Abdi, periodista independiente