¿Quién liderará Oriente Próximo tras el vacío dejado por EE UU?

El análisis menciona masacres del 7 de octubre y guerra de Gaza que han traumatizado a palestinos e israelíes, obstaculizando soluciones de paz.
Ser amigo de Estados Unidos resulta fatal
Montefiore cita a Kissinger para explicar por qué las potencias regionales dejan de confiar en Washington.
Mark

¿Por qué Montefiore cree que el orden regional de ochenta años está llegando a su fin ahora?

Mimi

Porque Estados Unidos, que fue el garante de ese orden, se ha vuelto un aliado impredecible. Sus intervenciones son erráticas, sus retiradas dejan vacíos, y las potencias regionales ya no confían en él. Eso abre espacio para que otros actores —China, Turquía, Israel, Irán— redefina el juego.

Luke

Pero espera. ¿Cuándo exactamente termina ese orden? ¿Con la retirada de Afganistán? ¿Con los bombardeos a Irán? El texto dice que es probable que impere un nuevo realismo, pero eso es especulación. No sabemos si ya estamos en ese nuevo orden o si apenas estamos en transición.

Mark

Entonces, ¿quién tiene más probabilidades de liderar: Turquía, Israel o Irán?

Mimi

Cada uno tiene fortalezas y debilidades. Turquía es la más astuta políticamente, pero depende de Erdoğan y su autocracia. Israel tiene la mejor máquina militar, pero está dividida internamente. Irán tiene capacidad destructiva, pero está debilitado.

Luke

El análisis dice que combinan "fuerza, cultura y tecnología con fragilidad", pero eso es bastante vago. ¿Qué fragilidad específica tiene cada uno? Turquía depende de Erdoğan, sí, pero ¿cuánto tiempo puede durar eso? ¿Qué pasa si muere o pierde poder? El texto no lo dice.

Mark

¿Hay alguna salida para Israel y Palestina?

Mimi

Montefiore cree que sí, pero es difícil. Requeriría líderes pragmáticos en ambos lados dispuestos a imaginar coexistencia. Dos naciones, dos repúblicas. Pero las heridas del 7 de octubre y la guerra de Gaza han traumatizado a ambas comunidades.

Luke

Aquí el historiador está siendo esperanzador, pero también honesto: dice que "no parece nada inmediato". Eso es importante. No está prediciendo paz. Está diciendo que es posible, pero que las condiciones actuales la hacen muy difícil. Y no especifica quiénes serían esos líderes pragmáticos.

Mark

¿Dónde encaja China en todo esto?

Mimi

China está expandiendo su influencia mediante puertos, bases militares y alianzas con naciones cansadas de Estados Unidos. Es una presencia completamente nueva en la región, aunque con precedentes históricos en las flotas Ming.

Luke

Pero el texto también dice que China "repartirá sus favores con más amplitud, para no depender en exceso de los caprichos fanáticos de Irán". Eso sugiere que China tampoco será un aliado incondicional. Será transaccional, como siempre.

  • El repliegue errático de Washington ha roto la confianza de las potencias regionales, que ya no pueden apostar su seguridad en la palabra de un aliado volátil.
  • China llena silenciosamente el espacio abandonado: puertos, bases militares y alianzas tejidas con naciones hartas de la ineficacia estadounidense, en un eco moderno de las flotas imperiales Ming.
  • Erdoğan, Irán y un Israel simultáneamente arrogante e inseguro se disputan la hegemonía regional con arsenales sofisticados pero con pies de barro internos: autocracias frágiles, tensiones civiles y legitimidades cuestionadas.
  • La guerra de Gaza y las masacres del 7 de octubre han traumatizado a dos pueblos hasta el punto de que cualquier horizonte de coexistencia parece lejano, aunque Montefiore lo considera todavía alcanzable.
  • La única salida duradera —dos naciones, dos repúblicas— exige líderes pragmáticos en ambos lados capaces de convencer a sus propios pueblos de que un futuro compartido es preferible a la destrucción mutua.

En un momento en que el orden regional de Oriente Próximo se fractura tras décadas de arquitectura diplomática, el historiador Simon Sebag Montefiore observa que el retroceso estadounidense no deja un vacío neutral, sino un escenario donde Turquía, Israel e Irán —cada una portadora de ambiciones y fragilidades propias— compiten por definir el futuro de una región que ha desafiado a todos sus profetas. China avanza con paciencia comercial y presencia militar, mientras las heridas del 7 de octubre y la guerra de Gaza recuerdan que detrás de cada mapa geopolítico hay pueblos que cargan con un trauma que ninguna potencia exterior puede resolver por ellos.

El historiador británico Simon Sebag Montefiore abre su nuevo libro, El hervidero. Historia de Oriente Próximo, 1900-2026, con una advertencia de humildad: nadie predijo la guerra de los Seis Días, ni la caída del sah, ni la Primavera Árabe, ni el ataque de Hamás del 7 de octubre. Ahora, tras los bombardeos estadounidenses a instalaciones nucleares iraníes y el levantamiento popular en Irán en enero de 2026, sostiene que el orden regional construido sobre la Liga Árabe y la OPEP ha llegado a su fin. Lo que viene será más duro y menos atado a las convenciones diplomáticas de los últimos ochenta años.

Estados Unidos conserva su peso dominante, pero su fiabilidad se ha evaporado. Sus intervenciones son impredecibles, sus retiradas angustiosas. En ese espacio, China avanza con método: puertos, bases militares y alianzas forjadas a través de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, con ecos de las flotas del tesoro Ming que ya visitaron Ormuz y Adén en el siglo XV. Rusia, en cambio, sale debilitada. El tablero lo disputan ahora tres potencias regionales: Turquía, Israel e Irán.

Erdoğan combina astucia política y popularidad en el mundo musulmán con una autocracia creciente que difícilmente sobreviviría a elecciones verdaderamente libres. Su proyecto neootomano —restaurar el ferrocarril del Hiyaz, reclamar Jerusalén— choca con la resistencia árabe a someterse a un nuevo sultanato. Israel, por su parte, es a la vez poderoso e inestable: su maquinaria militar es formidable, pero su deriva hacia el mesianismo militarista y la violencia contra civiles palestinos amenaza con aislarla regionalmente e incluso desgarrarla desde dentro.

Sin embargo, Montefiore no cierra la puerta a otro destino para Israel. Una salida posible pasa por convertir la victoria militar en coexistencia: dos naciones, dos repúblicas. Ello requeriría un liderazgo israelí capaz de imaginar una entidad palestina pacífica en sus fronteras, y un liderazgo palestino dispuesto a renunciar a la destrucción de Israel. Ambas comunidades están hoy profundamente traumatizadas. El camino no parece inmediato, pero Montefiore lo considera existencial para los dos pueblos —y todavía posible. Jerusalén, concluye, seguirá siendo el comodín de la baraja: odiada en público, indispensable en secreto.

Escribir historia mientras la región arde es un ejercicio de humildad. El historiador británico Simon Sebag Montefiore lo sabe bien: Oriente Próximo ha sorprendido a cada generación de observadores. Nadie predijo la guerra de los Seis Días. Nadie vio venir la caída del sah. La Primavera Árabe llegó sin aviso. El ataque de Hamás del 7 de octubre fue un quiebre que pocos anticiparon. Luego vinieron los bombardeos estadounidenses a las bases nucleares iraníes, y en enero de 2026, el levantamiento de los iraníes que dejó a la región temblando. En su nuevo libro, El hervidero. Historia de Oriente Próximo, 1900-2026, Montefiore sostiene que estamos ante un momento de transición radical: el fin de un orden regional que se construyó sobre los cimientos de la Liga Árabe en 1945 y la OPEP en 1960. Lo que viene será más duro, más pragmático, menos atado a las tradiciones diplomáticas que han gobernado durante ochenta años.

Estados Unidos seguirá siendo la potencia dominante en la región, pero su confiabilidad se ha erosionado. Sus intervenciones son volátiles, sus retiradas angustiosas, sus amistades maltratadas. Como señaló Henry Kissinger —quien él mismo traicionó a muchos aliados orientales—, ser amigo de Estados Unidos resulta fatal. Un imperio planetario puede absorber derrotas en múltiples teatros sin perder su poder fundamental, pero las potencias de Oriente Próximo no volverán a confiar ciegamente en Washington. Rusia, que ha aspirado a ser potencia regional desde que Catalina la Grande intentó tomar la Tierra Santa, se habrá debilitado. En su lugar, China expande su presencia mediante la Iniciativa de la Franja y la Ruta: puertos comerciales, bases militares, una flota global, alianzas con naciones cansadas de la ineficacia estadounidense. Es una presencia novedosa, aunque con ecos de las flotas del tesoro de los Ming que entre 1413 y 1433 visitaron Ormuz, Omán, Adén y Yida. Pero China repartirá sus favores con amplitud, sin depender demasiado de los caprichos de Irán.

En las ausencias intermitentes de Estados Unidos, tres potencias militares regionales compiten por llenar el vacío: Turquía, Israel e Irán. Cada una combina fuerza, cultura y tecnología con fragilidad profunda. Turquía basa su poder en la supervivencia de Erdoğan y su autocracia cada vez más restrictiva, que requiere represión de políticos, periodistas y jueces de la oposición. Es improbable que Erdoğan venciera en elecciones verdaderamente libres. El presidente turco está restaurando el ferrocarril del Hiyaz, creado por Abdulhamid, que atraviesa Siria y el Reino Unido. Ensalza regularmente lo que fue el dominio otomano sobre Siria, Irak e Israel. "Jerusalén será nuestro", afirma con frecuencia, pero esto requeriría que Siria y el Líbano quedasen sometidas a Turquía. Pocas naciones árabes estarían dispuestas a rendir vasallaje a un sultanato neootomanista. Erdoğan es el actor más astuto entre los competidores y el más popular de los líderes musulmanes, pero apoya a la Hermandad Musulmana, que aterroriza a Egipto y las monarquías, y que debería aterrorizar aún más a Occidente.

Israel es todavía más contradictorio: arrogante e inseguro al mismo tiempo, demasiado aventurero y poco preparado, laico liberal y mesiánico militarista. Sus fuerzas militares son excelentes, pero su forma de guerrear se ha vuelto extravagante y sangrienta, sin ser concluyente. Depende en exceso de su sofisticada fuerza aérea y de su servicio secreto, el Mossad. Al margen de quién lidere el país, Israel está obligada a defenderse de Irán, con sus sátrapas beligerantes y su misión destructora. A pesar de su vigor e ingenio, no puede descartarse que la república judaica se vea arrastrada a una guerra civil intrajudía, provocada quizá por sus políticos religioso-fascistas y sus paramilitares superpoderosos, que aspiran deliberadamente a aislar al Estado mediante una campaña de pogromos regulares contra civiles palestinos, buscando la supremacía judía en Cisjordania.

Pero Israel también podría prosperar. Para ello debería convertir el éxito militar en coexistencia creativa y alianza regional. Esto requeriría lo que Montefiore denomina "dos naciones, dos repúblicas": un camino hacia la autodeterminación palestina. El objetivo exige un líder israelí capaz de transmitir a los palestinos que los israelíes pueden imaginar una entidad palestina pacífica en sus fronteras, y un líder palestino pragmático, capaz de convencer a su pueblo de aceptar un futuro que diste mucho de la destrucción de Israel. Para que esto funcione, los líderes palestinos tendrían que convencer también a una mayoría de israelíes de que este futuro pacífico y compartido es posible. Las dos comunidades están traumatizadas por las masacres del 7 de octubre y la guerra de Gaza. No parece nada inmediato. Sin embargo, es algo esencial y existencial para ambos pueblos, y sigue siendo una meta alcanzable. Jerusalén seguirá siendo el comodín de la baraja de Oriente Próximo: odiada, pero en secreto indispensable.

Jerusalén será nuestro
— Erdoğan, sobre las aspiraciones turcas en la región
Dos naciones, dos repúblicas; un camino hacia la autodeterminación palestina
— Simon Sebag Montefiore, sobre la posible solución para Israel y Palestina
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