Granada no es simplemente una ciudad sobre tierra firme: es un observatorio viviente de la colisión entre dos continentes. Desde hace ocho millones de años, las placas Africana y Euroasiática empujan la Cordillera Bética hacia arriba, elevando Sierra Nevada un milímetro por año y sacudiendo la Vega con terremotos que, desde 1431, recuerdan a sus habitantes que habitan sobre un proceso geológico inconcluso. Cada temblor no es solo una perturbación, sino un pequeño capítulo en la escritura lenta de una montaña.