En el Supremo y el Constitucional, dos casas de la justicia española que deberían sostenerse mutuamente, la amnistía del procés ha vuelto a mostrar una tensión antigua: quién tiene la última palabra sobre el sentido de la ley. Tras una corrección obligada por el tribunal de garantías, el Supremo aplicó la amnistía a los líderes independentistas e incluyó la malversación, y con ello reabrió un debate que atraviesa décadas. La fricción entre ambos órganos parece menos un accidente que una propiedad estructural de un sistema donde la protección de derechos y la fijación de doctrina no siempre cam
El Supremo y el Constitucional: cuatro décadas de choques entre el intérprete de la ley y el guardián de la Carta Magna
"Acatamos, pero con cabreo"
¿Por qué importa tanto este choque si el Supremo acabó acatando?
Porque muestra una tensión vieja: el Supremo interpreta la ley y el Constitucional puede corregirlo si vulnera derechos. Aquí además el tono fue muy duro.
Y conviene separar hechos de percepciones. Que se acata es lo confirmado; que el Constitucional solo entra en casos sensibles es la opinión de un magistrado.
¿Qué tiene que ver el artículo 24?
La tutela judicial efectiva ha dado al Constitucional una puerta amplia para revisar sentencias, y el Supremo cree que la usa para meterse en la interpretación de leyes.
El Constitucional lo ve al revés: dice que solo interviene ante errores graves. Son dos lecturas enfrentadas, y el texto no zanja cuál es la correcta.
¿Pesa la rivalidad entre Marchena y Conde-Pumpido?
Se comenta en los mentideros, pero ambos tribunales lo niegan y recalcan que firmaron todos.
Es un rumor atribuido; no hay nada que lo respalde con hechos.
¿Qué puede cambiar el equilibrio?
Los cuatro magistrados que debe elegir el Senado y la presidencia de la Sala de lo Penal tras la jubilación de Martínez Arrieta en abril.
Ojo: cómo cambiaría eso la relación entre los tribunales aún es incierto.
El Pulso
- La amnistía se aplicó a los líderes del procés solo después de que el Constitucional obligara a incluir la malversación, y el Supremo lo vivió como una imposición.
- Magistrados del Supremo hablan de un tribunal que se mete donde no le corresponde y acusan a su sentencia de grandilocuencia innecesaria.
- En el Constitucional responden que cambiar una decisión exige haber cruzado una línea roja y que la tormenta es una cortina de humo.
- Junqueras, Romeva, Bassa y Turull podrán volver a presentarse a elecciones mientras Puigdemont se acerca a su regreso sin causas pendientes.
- La renovación de cuatro magistrados del Constitucional en el Senado y el relevo en la presidencia de la Sala Penal podrían redibujar el equilibrio interno.
En el Supremo y el Constitucional, dos casas de la justicia española que deberían sostenerse mutuamente, la amnistía del procés ha vuelto a mostrar una tensión antigua: quién tiene la última palabra sobre el sentido de la ley. Tras una corrección obligada por el tribunal de garantías, el Supremo aplicó la amnistía a los líderes independentistas e incluyó la malversación, y con ello reabrió un debate que atraviesa décadas. La fricción entre ambos órganos parece menos un accidente que una propiedad estructural de un sistema donde la protección de derechos y la fijación de doctrina no siempre caminan juntas.
Esta semana el Supremo amnistió a los líderes del procés, pero lo hizo después de que el Constitucional le obligara a corregir su interpretación de la ley de amnistía e incluir la malversación entre los delitos sin responsabilidad penal. Oriol Junqueras, Raül Romeva, Dolors Bassa y Jordi Turull podrán volver a presentarse a elecciones, y Carles Puigdemont se acerca a un regreso sin cuentas pendientes con la justicia.
El episodio ha abierto una brecha pública. El Supremo acusa al tribunal de garantías de invadir sus competencias y de adornar su sentencia con una grandilocuencia innecesaria. Desde el Constitucional se responde que cambiar una decisión exige haber cruzado una línea roja, y que el revuelo es una tormenta en un vaso de agua. Hay magistrados en el Supremo que admiten que aceptan la sentencia, aunque con cabreo.
La tensión tiene antecedentes que se remontan a Isabel Preysler, a Los Albertos y a los ERE. La pregunta de fondo sigue abierta: hasta dónde puede corregir el Constitucional al Supremo sin convertirse en una instancia más. Con la renovación de cuatro magistrados en el Senado y el relevo en la presidencia de la Sala Penal, el equilibrio entre ambos tribunales está a punto de moverse.
Hubo un tiempo en que Isabel Preysler consiguió algo poco habitual: enfrentar al Tribunal Constitucional con el Tribunal Supremo. No fue la única. Los financieros Alberto Cortina y Alberto Alcocer, primos y casados con las hermanas Koplowitz, también provocaron reproches durísimos entre ambos órganos. Entre 2000 y 2008, el Supremo llegó a condenar a los magistrados del Constitucional a indemnizar a un abogado, a razón de 500 euros por cabeza.
Aquel tiempo no queda tan lejos y recuerda al presente. Esta semana el Supremo ha amnistiado a los líderes del procés, después de que el Constitucional le obligara a cambiar su interpretación de la ley de amnistía, aprobada por el Congreso en mayo de 2024, e incluir la malversación entre los delitos que quedan sin responsabilidad penal. Oriol Junqueras, Raül Romeva, Dolors Bassa y Jordi Turull pueden volver a presentarse a elecciones, y Carles Puigdemont está a días del paso definitivo que le permita regresar a España sin cuentas pendientes con la justicia.
Tras dos años de periplo, la decisión ha abierto una brecha entre el Supremo, que interpreta las leyes y fija doctrina para todos los tribunales, y el Constitucional, que vela por los derechos fundamentales. El Supremo acusa al tribunal de garantías de invadir sus competencias y de "adornar" su sentencia con "innecesaria grandilocuencia". Un magistrado progresista del Constitucional, el que preside Cándido Conde-Pumpido, sitúa el primer choque hace más de 40 años, en la primera sentencia que aplicó la presunción de inocencia y absolvió a un condenado por el Supremo. Un magistrado conservador de la Sala de lo Penal admite que no es algo coyuntural, sino "casi inherente al sistema".
La pregunta de fondo es hasta dónde puede corregir el Constitucional al Supremo sin convertirse en una instancia más. El artículo 24 de la Constitución, que recoge la tutela judicial efectiva, le ha permitido entrar en muchos casos. En 2001 reconoció a Preysler 10 millones de pesetas (unos 102.000 euros actuales) por lo que una empleada del hogar contó en la revista Lecturas; la Sala de lo Civil del Supremo replicó que era el doble de lo fijado para un homicidio imprudente y acusó al Constitucional de negligencia. En el caso de Los Albertos, el desacuerdo giraba sobre cuándo se interrumpió la prescripción en un asunto urbanístico. Los 14 magistrados de la Sala de lo Penal emitieron, tras tres horas de reunión, un comunicado durísimo contra el tribunal presidido entonces por María Emilia Casas, y hubo un conato de rebelión, pero acabaron absolviendo por 11 votos contra siete.
Sobre la amnistía, fuentes de la Sala Segunda aseguran que nunca se planteó no acatar la sentencia. Pero sí molestaron expresiones como "interpretación no motivada e irrazonable" o "drástica contradicción". "Se meten donde no les corresponde y, encima, te llaman tonto", dice un magistrado. Otro añade: "Acatamos, pero con cabreo". Un magistrado progresista de lo Contencioso-Administrativo opina que bastaba con decir que la interpretación era inadecuada. En el Constitucional replican que si cambian una decisión es porque se ha cruzado una línea roja, y que han "montado una tormenta en un vaso de agua" para ocultar que tuvieron que aplicar la ley.
En el Supremo persiste además la sensación de que el Constitucional solo entra en asuntos sensibles. Un magistrado de la Sala de lo Penal cita a Alberto Rodríguez, exdiputado de Podemos condenado por dar una patada a un policía, y duda de que hubiera pasado lo mismo con un ciudadano anónimo. En el Constitucional se definen como "último garante" y recuerdan que esta semana decidieron no pronunciarse sobre la ley de nietos. En los últimos años también hubo roces por los ERE, los nombramientos del fiscal general y el caso de la viuda del presidente de la CAM. El auto de Manuel Marchena sostiene que convertir al Constitucional en última instancia revisora desdibuja el diseño de 1978.
En los mentideros judiciales se apunta a la relación fría entre Marchena y Conde-Pumpido, ponentes de ambas resoluciones, desde que Marchena logró presidir la Sala de lo Penal, puesto al que también aspiraba el actual presidente del Constitucional. Ambos tribunales lo niegan: dicen que todos los firmantes estaban de acuerdo.
Lo que viene es la composición de ambas cortes. El Senado, donde el PP lleva un año bloqueando la renovación, debe elegir cuatro nuevos magistrados del Constitucional en lugar de Conde-Pumpido, María Luisa Balaguer, Ricardo Enríquez y José María Macías. Y en abril se jubila Andrés Martínez Arrieta, presidente de la Sala de lo Penal; si no hay relevo, la presidencia pasaría a Julián Sánchez Melgar y, tras su jubilación, volvería a Marchena.
Citas Notables
La mutación del tribunal de garantías en una última instancia revisora está desdibujando el diseño de los constituyentes de 1978.— Auto del magistrado Manuel Marchena, Tribunal Supremo
Tensiones ha habido siempre.— Magistrada progresista del Tribunal Constitucional