En Oslo, la muerte del rey Harald V de Noruega convocó a las casas reales de Europa en torno a un ataúd que era también un espejo: en él se reflejaron los lazos dinásticos, las tensiones protocolares y las preguntas sin respuesta sobre quién pertenece, de verdad, a una institución tan antigua como cambiante. La monarquía, que siempre ha sabido envolver el poder en ceremonia, mostró una vez más que incluso en el duelo, la política y la identidad no descansan. Con el saludo de Haakon VIII desde el Palacio Real, Noruega no solo enterró a un rey, sino que abrió una nueva página de su historia inst
El funeral de Harald V reúne a la realeza europea en una ceremonia solemne
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