El cerebro materno se remodela: pérdida de materia gris que favorece la adaptación

Aproximadamente una de cada cinco mujeres experimenta depresión perinatal, condición vinculada a los cambios cerebrales adaptativos pero también vulnerabilizantes del embarazo.
No es que el cerebro falle, es que prioriza
Carmona explica por qué las madres olvidan cosas: no es deterioro cognitivo, sino redistribución de recursos mentales.
Mark

¿Por qué la ciencia tardó tanto en estudiar seriamente lo que las madres llevan siglos diciendo que les sucede?

Mimi

Porque lo que parecía anécdota—el olvido, la distracción—se descartaba como queja sin base biológica. Ahora tenemos resonancias magnéticas que muestran cambios reales en el 94 por ciento del cerebro. Eso cambió todo.

Mark

Pero si el cerebro se reduce, ¿no debería funcionar peor?

Mimi

Esa es la pregunta que la mayoría hace. La respuesta es que menos no siempre significa peor. Es como pulir una piedra: quitas lo que sobra para revelar lo esencial. El cerebro se especializa, se refina. Y los datos muestran que esa reducción correlaciona con mejor apego materno, no con deterioro.

Mark

¿Entonces es permanente? ¿Una madre nunca vuelve a ser como era?

Mimi

Parcialmente. Algunos cambios se revierten en el primer año. Otros persisten años. Y hay evidencia de que la huella dura toda la vida. Pero eso no es malo. Es como la adolescencia: nadie vuelve a ser niño después de eso. La maternidad marca el cerebro de forma duradera.

Mark

¿Qué papel juegan las hormonas en todo esto?

Mimi

Los estrógenos alcanzan niveles durante el embarazo que nunca se dan en otro momento de la vida. Actúan directamente sobre receptores en el cerebro, modulando su plasticidad. Es el motor biológico de toda esta transformación.

Mark

Pero mencionaste que también hay riesgo. ¿Qué pasa con la depresión perinatal?

Mimi

Ahí está la paradoja. El mismo cerebro que se abre para aprender, para conectar con el bebé, también se vuelve más vulnerable. Una de cada cinco mujeres experimenta depresión perinatal. La plasticidad que permite la adaptación también abre puertas al malestar.

Mark

¿Significa eso que la maternidad es intrínsecamente peligrosa?

Mimi

No. Significa que es profundamente transformadora. El contexto, el apoyo, el cuidado—de otros cuidadores, de la tribu—moldean tanto la biología como la conducta. La vulnerabilidad es real, pero no es inevitable.

  • La materia gris se reduce hasta un 4,9% durante el embarazo, afectando el 94% del cerebro
  • La reducción de sustancia gris correlaciona con mayor apego materno y mejor bienestar
  • Los cambios cerebrales siguen un patrón en forma de U con recuperación parcial en el posparto
  • Una de cada cinco mujeres experimenta depresión perinatal vinculada a estos cambios

Durante el embarazo, el volumen de materia gris se reduce hasta un 4,9% afectando el 94% del cerebro, pero esto representa refinamiento neuronal, no pérdida cognitiva. Los cambios cerebrales se asocian con mejor vínculo materno-infantil y bienestar emocional, siguiendo un patrón en forma de U con recuperación parcial en el posparto.

El embarazo provoca una reducción de materia gris cerebral que no es deterioro sino especialización neuronal. Investigaciones muestran que estos cambios correlacionan con mayor apego materno y bienestar, aunque también aumentan vulnerabilidad a depresión perinatal.

Cualquier madre ha escuchado la broma: "Desde que soy madre se me olvida todo". El fenómeno tiene nombre en inglés—mom brain, baby brain—y en español se conoce como cerebro de madre. Lo que parecería una anécdota ligera es, en realidad, objeto de investigación seria en laboratorios dedicados exclusivamente a entender cómo se transforma el cerebro femenino durante el embarazo, el parto y después.

Susana Carmona dirige Neuromaternal, el grupo de investigación en neuroimagen del Instituto de Investigación Sanitaria Gregorio Marañón. Es psicóloga clínica, doctora en Neurociencias, y lidera equipos de trabajo sobre embarazo y cerebro en dos grandes iniciativas internacionales dedicadas a la salud cerebral de las mujeres. Cuando habla del olvido que experimentan muchas madres, Carmona va más allá de la superficie. Sí, la privación crónica de sueño deteriora la cognición de cualquiera. Sí, gestar y amamantar demanda una energía metabólica comparable a correr una maratón. Pero hay algo más profundo: una redistribución radical de la atención. El bebé se convierte en el estímulo más relevante del mundo y acapara recursos cognitivos que antes se dirigían a otras cosas. No es que el cerebro falle. Es que prioriza.

Lo que sucede en el cerebro durante el embarazo es medible y sorprendente. Un estudio en el que participó el grupo de Carmona realizó resonancias magnéticas a 179 mujeres antes, durante y después de su primer embarazo. Los resultados mostraban que el volumen de materia gris se reduce hasta un 4,9 por ciento, y estos cambios afectan al 94 por ciento del cerebro. Pero aquí está lo crucial: esa reducción no es deterioro. Carmona lo explica con claridad: en el cerebro, menos no siempre significa peor. Puede ser especialización, refinamiento, descarte de lo secundario. Es similar a lo que ocurre en el cerebro adolescente, otra gran ventana de plasticidad donde el órgano se reduce para refinarse, no para empobrecer.

La investigación publicada en 2017 por el equipo de Carmona observó algo inesperado: la reducción de sustancia gris se asociaba con un mayor apego materno y un mejor ajuste al bebé. La pérdida correlacionaba con algo positivo, no con un deterioro. Un estudio posterior publicado en 2025 reveló que los cambios cerebrales no siguen una trayectoria lineal de reducciones. Tienen forma de U: bajada de volumen durante la gestación, seguida de un incremento parcial en el posparto. Y nuevamente, esta trayectoria se asociaba con el bienestar materno, que a su vez facilitaba la vinculación con el bebé. No es una pérdida sin retorno. Es una remodelación.

Los mecanismos celulares exactos siguen siendo parcialmente misteriosos. Las resonancias magnéticas no llegan a la escala celular, así que los investigadores trabajan con hipótesis. Una de las más probables es la poda sináptica: la eliminación de conexiones poco usadas para ganar eficiencia. Otra apunta a las células gliales, las vecinas que sostienen, protegen y nutren a las neuronas, especialmente la microglía, que actúa como célula del sistema inmune cerebral. Estas células gliales son clave en los procesos de plasticidad cerebral, facilitando el aprendizaje y la adaptación. Los investigadores también exploran la retención de líquidos, la mielinización y el riego sanguíneo, factores que modulan la señal de resonancia.

Los cambios cerebrales se dividen en dos categorías: transitorios y duraderos. Algunas regiones que se modifican durante la gestación vuelven a niveles parecidos a los previos durante el primer año. Otros cambios pueden persistir de dos a seis años después del parto. Hay evidencia de estudios transversales que sugieren que la huella de la maternidad persiste de por vida. Mujeres de 60, 70 y 80 años que fueron madres muestran cerebros estructuralmente distintos al de mujeres que no lo fueron. Encaja perfectamente con la sabiduría popular: cuando nace un bebé, nace una madre. Y como nadie vuelve a ser niña después de la adolescencia, no tiene sentido pedirle a una madre que vuelva a ser exactamente la de antes.

Las hormonas impulsan estos cambios. Los estrógenos alcanzan durante la gestación niveles que no se dan en ningún otro momento de la vida, actuando sobre receptores hormonales presentes en el cerebro y modulando su plasticidad. Existe evidencia sólida de la relación entre los niveles de estrógenos durante la gestación y los cambios cerebrales. Carmona también estudia la alopregnanolona, un derivado de la progesterona que estabiliza el sistema nervioso y se ha relacionado con la vulnerabilidad a la depresión posparto. El primer fármaco oral aprobado para tratar esta depresión es un derivado sintético de esa misma molécula, aprobado en la Unión Europea hace apenas un año, lo que indica lo incipiente que es la investigación en un tema tan relevante.

Las regiones que más se reorganizan se solapan de forma notable con la red por defecto, implicada en la percepción del yo y en la narración interna de quiénes somos, y con circuitos de cognición social y teoría de la mente, la capacidad de ponerse en el lugar del otro. Sobre el papel, es justo lo que una persona necesita para leer las señales de un bebé que todavía no habla. Pero Carmona pide cautela con el lenguaje finalista. El cerebro de la mujer no está diseñado para cuidar. Lo que se observa es que esos cambios correlacionan con un mejor vínculo y un mayor bienestar materno, sugiriendo que tienen valor adaptativo. Pero no es un programa fijo ni automático. El contexto, el aprendizaje y el propio cuidado moldean tanto la biología como la conducta. Cuidamos porque amamos, pero también amamos porque cuidamos. Y en eso entra el papel de otros cuidadores: padres, madres adoptivas, abuelos, la tribu en general.

La mayoría de estos cambios cerebrales son adaptativos, pero no todos resultan inocuos. Un trabajo publicado en 2025 en Science Advances mostró que determinadas modificaciones en la amígdala se asociaban con un incremento de los síntomas depresivos posparto. Un cerebro muy plástico es también un cerebro más vulnerable. Las mismas ventanas que se abren para aprender y transformarse pueden hacerlo también para el malestar. Se estima que alrededor de una de cada cinco mujeres experimenta depresión perinatal, una cifra que subraya cómo la adaptación neuronal que permite el vínculo materno también abre la puerta a la vulnerabilidad.

En el cerebro, menos no siempre significa peor: también puede darse un proceso de especialización, de refinamiento, de descartar lo secundario
— Susana Carmona, directora de Neuromaternal
Un cerebro muy plástico es también un cerebro más vulnerable
— Susana Carmona
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