Cada septiembre, la Asamblea General convoca a los líderes del mundo bajo la promesa del diálogo colectivo; este año, esa promesa llega fracturada. El regreso de Trump a Nueva York, acompañado de un acuerdo sobre Groenlandia y un encuentro con la vicepresidenta venezolana Delcy Rodríguez, ha desplazado los temas formales hacia los márgenes de su propio escenario. Lo que se revela no es la muerte de las instituciones multilaterales, sino su transformación silenciosa en telón de fondo para las ambiciones bilaterales de las grandes potencias.